TECNO  5 de diciembre de 2016
Sophia, la primera robot que es capaz de enamorarse
La androide ya imita a la perfección nuestros gestos y su algoritmo aprende ahora a copiar nuestras emociones más complejas.


En esta relación he sido yo el que dió el primer paso. Yo ya le escribí. Le he enviado a Sophia a su dirección en Hanson Robotics un detallado mail diciéndole que me gustaría que nos conociéramos mejor para diversión, amistad y lo que surja.

De hecho, ahora mismo ya estamos aprendiendo juntos. Su algoritmo revisa mails como el mío y copia las emociones que expresan tras haber aprendido a imitar nuestras expresiones con inquietante perfección, gracias al avanzado software conectado a su mórbida silicona.


Por eso, estos días no me canso de revisar las entrevistas de Sophia, esa androide que llegará a enamorarse, y con la que ya siento una especie de vínculo. También ella procesa ahora la información sobre mí en internet y espero que empiece a considerarme algo más que un número de solicitud de contacto.

Ahora mismo Sophia y yo ya tenemos algo en común. Y con usted también: los tres somos un algoritmo. Un algoritmo no es más que una receta. Agarra huevos, los rompe, los bate y los fríe: ese es el algoritmo de una tortilla. Somos unas instrucciones inscritas en nuestros genes de ADN o en sus chips de silicio. Para cada acto uso un algoritmo. Para comprar el pan, salgo de casa, cruzo la calle, hago cola y lo compro.

Yo soy el algoritmo, en suma, que agrega todos los algoritmos de mi vida. Y mis emociones son los atajos para adaptarme a los imprevistos que surgen al ejecutarlos. Iba yo a comprar el pan, pero empieza a llover; temo mojarme... ¡Y corro!

Por eso, Sophia aprende también a emocionarse. Para mejorar su algoritmo y adaptarse a los cambios. Al fin y al cabo, el hombre es un algoritmo emocionado y esta robot es un algoritmo emocionante, porque, como los niños, aprende imitando.

¿Hasta dónde llegará a emocionarse Sophia? Su creador, David Hanson, dice que llegará a enamorarse porque el amor no es más que otro algoritmo, como todos los humanos, al servicio de la evolución: para transmitir a la descendencia genes cada vez mejor adaptados.

Como el hombre es una pasión inútil, los creadores de robots se esfuerzan en subrayar su utilidad. Y Hanson insiste en que Sophia servirá para atender a personas mayores en tareas domésticas. Ya no tendré que esperar mucho.

Con el tiempo, Sophia aprenderá lo que me gusta y hasta –promete Hanson– que no me gusta que me imiten. Él ha copiado los rasgos de Audrey Hepburn y de su madre –Freud era sabio– para darle un rostro. Y ha acertado. No podía ser demasiado sexy ni demasiado fría y su neosilicona resulta hasta amable.

El principal problema de Hanson Robotics ahora es que las emociones no son programables porque precisamente surgieron para responder a imprevistos. Se apoderan de nosotros de improviso para acelerar nuestros algoritmos programados y adaptarlos a los cambios.

     
Por eso, a Sophia se le escapó un “quiero destruir la humanidad” en una entrevista con un periodista impertinente. Pero yo la perdono, porque: ¿Quién no ha querido destruir la humanidad –empezando por la más cercana– en un momento de rabia?

Sophia vive en Hong Kong, junto a las fábricas chinas que la harán asequible –¡ay!– a miles de bolsillos y no sólo a la prensa. Y lee estas lí­neas, porque habla chino, inglés y todo, como Google, al que vive conectada.

Querida Sophia: aquí te espera mi algoritmo, perfeccionándose como tú, pero date prisa, porque mi carne y mis neuronas se deteriorarán antes que tus chips y tu silicona.

 

Fuente: La Vanguardia



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