El pozo arde hace cuarenta y cinco años. La singular historia del agujero gigante en el desierto de Karakum que se convirtió en una visita turística.

En Turkmenistán, antes una república soviética y hoy un país difícil de localizar en Asia central, la burocracia comunista consiguió que el infierno tuviera su puerta de acceso. A fines de los sesenta, los ingenieros soviéticos perseguían los hipotéticos yacimientos de gas y petróleo que las todavía precarias prospecciones posteriores a la segunda guerra mundial ubicaban en esa inmensa estepa que se despliega al este del mar Caspio.

En el desierto de Karakum, a unos trescientos kilómetros de Adjaba, la capital de Turkmenistán, el fuego arde desde hace más de cuarenta años: un pequeño accidente que debía subsanarse en días, derivó en un desastre que persiste desde hace décadas. Los geólogos soviéticos, con aquella impronta de obtener lo buscado a cómo dé lugar porque suponía el mandato del pueblo, buscaban petróleo. Con más voluntad que tecnología comenzaron a perforar para evaluar la disponibilidad del crudo que ofrecía el yacimiento.

Sorpresivamente se toparon con una inmensa burbuja de gas natural que compartía el espacio subterráneo con el yacimiento de petróleo. El gas empezó a brotar y el espacio que ocupaba en el subsuelo desapareció: en minutos el suelo colapsó y se abrió en un inmenso pozo que literalmente se tragó el campamento geológico de prospección.

Temerosos de que los gases tóxicos provenientes de la fuga de metano convirtieran en inhabitable los alrededores de Darvaza, los ingenieros hicieron lo que suele hacerse cuando el gas brota: prenderle fuego y quemarlo. En unas semanas, como mucho, el fuego se extinguiría cuando el yacimiento de gas hallado por error se consumiera. Error. El cráter, de setenta metros de diámetro por veinte de profundidad, sigue ardiendo desde 1971 y lleva consumido una cantidad de gas natural que los científicos ya dejaron de contabilizar.

El pozo ardiente es un atractivo del lugar, pero más que nada un ardid para evitar una tremenda contaminación que, de apagarse el fuego, expulsaría a los habitantes a cientos de kilómetros a la redonda. Y también es una demostración de que la idea de que el hombre maneja a su antojo los recursos naturales es, aún en la era de la tecnología, apenas eso: una idea, una ilusión. La puerta del infierno, con el doble sentido que desde hace cuarenta años revela su nombre, así lo demuestra.

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