El 10 de diciembre se conmemora el día de 1948, en el que las Naciones Unidas aprobaron La Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Casi todos los países integrantes estaban reconociendo los derechos inalienables, inherentes a todos los seres humanos, sin importar su raza, color, religión, sexo, idioma, lugar de nacimiento ni ninguna otra condición.

Nuestro país, se adhirió a esta noble iniciativa rápidamente.

Entre los que durante siglos habían soportado la injusticia impuesta por la violencia, estaban los negros.

Descendientes de los esclavos africanos, se aferraron a esta patria naciente y dieron por ella su vida, su pensamiento y sus corazones.

Y un ejemplo. El del negro Lorenzo Barcala.

Hubo una plaza porteña que desapareció bajo la Avenida 9 de Julio.

Fue la plaza Montserrat, donde actualmente se levanta el rascacielos del ministerio de Obras Públicas.

Martín de Alzaga, alcalde del Cabildo, decretó que se llamara Plaza de la Fidelidad, en homenaje al valiente comportamiento de los negros, que allí, armas en mano, contuvieron a las poderosas fuerzas británicas, durante las Invasiones Inglesas.

Los negros constituían más de la mitad de la población del Buenos Aires colonial.

Aunque no había nacido aún el país argentino, ya se concretaba la esencia antirracista que marcó espiritualmente su nacimiento.

Los negros también jugaron un gran rol en la batalla de Maipú a las órdenes de San Martín, para la liberación de Chile.

De los miles de morenos que pelearon en los campos de batalla, surgió una figura legendaria. La del mendocino Lorenzo Barcala, de padres esclavos y él mismo también esclavo hasta su adolescencia.

Llegaban a Cuyo los vientos de la libertad.

Barcala se ofreció al ejército. Y fue aceptado en el batallón de los Pardos de Mendoza.

Muy pronto su inteligencia y coraje le posibilitaron el ascenso a Sargento. Luego ya es Alférez y en la Guerra con Brasil se hizo merecedor al grado de Teniente Coronel.

Posteriormente junto al general Lamadrid y en la derrota de Ciudadela cayó prisionero de Facundo Quiroga, que lo visitó en el calabozo.

-¿Qué haría Ud. en mi lugar?, le preguntó Quiroga.

-¿Yo?. Lo fusilaba, dijo Barcala con la dignidad de los que aceptan ceder, pero no cederse.

Quiroga rió admirado y le ofreció incorporarlo a sus filas.

Barcala aceptó, con la condición de que no lucharía contra sus compañeros.

Cuatro o cinco años después se retiró del ejército.

La llamada raza negra no es solo una raza o un color. Es una cultura. Desean conservar su propia manera de vivir. Y como en toda minoría racial o religiosa cuando se la comprende y respeta, nace en ella un fuerte sentimiento de patria.

Saben que el racista confunde siempre ‘diferente’ con inferior y considera al discriminado como un objeto. Por ello lo condena sin pruebas.

Es que este hombre civilizado, no significa hombre mejor. Además la ley del más fuerte es la negación de la ley.

Y un aforismo final para estos hombres que debieron soportar injustamente el odio y el desprecio.

‘Odiar a una raza es tan irracional, como odiar a la Naturaleza’.

Fuente Diario Popular

Compartir

Comentarios