Por Patricia Acosta

El despertador sonó a las 5:30 en la casa de Yerba Buena. En El Nogalito, a 59 

Km al NE de San Miguel de Tucumán, los gallos ya habían cantado y las mulas se alistaban para recibir la carga de los que, luego de caminar por interminables senderos cuesta arriba, conocerían uno de los lugares más bellos y de difícil acceso de la provincia.

 

“Nuestro territorio tiene algo más de 8 mil hectáreas en las que vivimos 30 familias de las comunidad Diaguita-Lules de Mala Mala”, contaba Alberto Romano, conserje de la escuela 324 y ex cacique de la comunidad. Para llegar a este paraíso, ubicado a unos 2100 metros sobre el nivel del mar, hay que recorrer 12 km cuesta arriba desde El Siambón, por sendas en medio de la Yunga -por lo general barrosas o anegadas- que fueron marcadas por la gente del lugar y los animales (caballos, mulas, vacas, toros, perros) contando el “camino a los valles” cuya traza fue hecha durante el gobierno de Don Lucas Córdoba y que quedara trunca luego de haberse optado por la que finalmente se construyó: la ruta Provincial 307, por Santa Lucía.

El recorrido es exigente y demanda, a un experimentado montañista, no menos de 5 horas a pie.

Sábado: El camino

Llegamos a las 8:00 a El Nogalito, a la casa de los hijos de Alberto Romano. Allí estaba Doña Candelaria, su esposa, recuperándose de una operación desde hace 4 meses. La salud, a veces, no tiene tiempo de bajar en medio del barro, las piedras y la selva.

El mate ya circulaba en la pequeña ronda alrededor de la mesa, rústica, puesta en medio del patio con piso de tierra. Sebastián Romano, uno de los 5 hijos de Don Alberto, trajo la mula que subiría con parte de nuestro “equipaje” y donaciones o encargos para la familia en Mala Mala. “La mula es mejor para llevar carga. Soportan hasta 100 kg en el lomo pero debe ser parejo el peso de los bultos sobre la montura y deben estar bien atados a la cincha del animal”, explicaba Sebastián mientras ajustaba las cuerdas y ponía la lona impermeable arriba de todo. Que llueva durante el trayecto es cotidiano.

“Hacemos esta travesía hace 3 años. Es una escalada de exigencia media que superó el objetivo deportivo para ser montañismo solidario: con la gente y con el medio ambiente. Mala Mala es un lugar paradisíaco que los tucumanos deberíamos conocer para aprender a diferenciar el valor de un paisaje cuidado y respetado por habitantes y visitantes”, afirmaba Fernando Coviella, músico, docente y montañista, organizador de esta “salida”. Simultáneamente, “Fer”, levantaba bolsas, botellas pláticas, papeles y cajitas de cartón para poner esa basura en otra bolsa y atarla a su mochila hasta poder depositarla donde corresponde, a su regreso.

Para la aventura, Fernando convocó a otros dos experimentados montañistas: Mario Navarro y Patricio Mendoza e invitó a dos periodistas. No dudamos en aceptar el convite aún sin saber ¿cuánto cuestan 12 km montaña arriba?

 

Luego de dos descansos, una en “el bar Al Paso” para hidratarnos e ingerir frutos secos y alimentos ricos en nutrientes que “aportan energía rápidamente” y otra en el “restaurante Las Dos Tablas” para un almuerzo liviano y reparador (dos claros en el medio de la yunga que dividen el recorrido en tres etapas y cuyos nombres surgieron de la picardía) y gracias al aliento, paciencia y excelente humor de nuestros guías salimos de la selva cerrada, del acecho de los mosquitos y los tábanos para entrar, poco a poco, en la pradera que alfombra los cerros y llena el espíritu y los pulmones. Estábamos llegando al “paraíso”.

En la casa de los Romano nos esperaba el mate cocido con pan y queso de cabra caseros. María, Ramona y la pequeña Yanina (hija, nuera y nieta de Alberto, respectivamente) fueron nuestras tímidas y silenciosas anfitrionas. Don Alberto andaba vacunando a la comunidad y no regresaría hasta el otro día. Habíamos caminado 8 horas, teníamos el cuerpo agotado pero la mente lúcida y expectante.  

Domingo: La escuela

El sol ya se había asomado hace rato y se expandía entre los hilos de la carpa como tibio despertador de citadinos somnolientos. Libre de nubes, el cerro mostraba su enorme belleza. Las cabras, las vacas (y sus crías), los caballos y las mulas pastaban; un tero celoso de su nido nos amedrentaba con vuelo en picada; dos chuñas cantaban a lo lejos, según dicen, para llamar al viento; un rebaño de ovejas buscaba la sombra de un árbol de enorme copa; la gallina buscaba migas de pan con sus pollitos que no temían pasar por encima de nuestros pies para atrapar a su presa de trigo; los perros se asoleaban patas para arriba y Ramona sacaba a la cata (macho) a la galería con techo de zinc sostenido por troncos donde, otra vez, humeaba el desayuno de montaña. 

Cerca del mediodía, una vaca blanca con grandes manchas negras se alejó del rebaño rumiando algún pensamiento vacuno como buscando entender quiénes éramos y qué hacíamos cinco forasteros en el valle.
 

“La escuela tiene 20 alumnos, 11 en la secundaria. Tenemos al maestro de grado y profesores hasta tercer año del secundario pero nos falta completar el cuarto y el quinto. Es muy difícil conseguir maestros que estén dispuestos a este sacrificio. Por una parte cuesta que la comunidad (de Mala Mala) se comprometa con la escuela y acompañe a los docentes y por otra parte llegar a la escuela tiene dificultades por la falta de camino y medios”, se lamentaba Alberto que había vuelto a la casa con las primeras luces del día. 

 

Es una construcción de ladrillo de barro, techo de chapa y paredes revocadas para lucharle a la humedad. Tiene señal de wi-fi y servicio de agua y luz gracias a una pantalla solar que alimenta, también, las resistencias de un termotanque. El edificio tiene tres ambientes o módulos: la casa, el aula para el primario y secundario y el aula para el nivel inicial (con detalles a terminar). La cocina es a leña pero hay otra que funciona a gas y hay un horno de barro que uno imagina con manjares autóctonos modificándole el olor al valle. Eso si, llegar a la escuela representa dos horas de camino para algunos niños, todos los días, cuando no llueve lo suficiente como para hacer crecer a los arroyos afluentes del ancho y caudaloso Rio Grande. 

“Mi sueño es que esta escuela vuelva a ser albergue para esos niños que vienen de tan lejos. La distancia los amedrenta. Imagine que para estar a las 8:00 en la escuela tienen que levantarse a las 5:00 y vuelven para la oración a sus casas, muy cansados. A veces no van y entonces pierden clases y así no rinden. La educación no se completa, no es buena de esta forma. La solución es que duerman en la escuela, como antes”, reflexiona Alberto y concluye, con su particular y serena tonada, que su esperanza se centra en que: “el estado destine un presupuesto para ese fin". 
"No sé si me hago entender”, añadió el ex cacique haciéndose cargo de la claridad de su mensaje.

 

El regreso

Cuesta dejar las lomadas verdes atravesadas por quebraditas bañadas y arroyos serpenteantes. Las nubes estaban bajas y avisaban que el regreso a la “civilización” estaría pasado por agua. Y llovió nomás. Ramona preparó un caballo con la carga, mucho menos pesada ahora, nosotros prometimos volver y después de las empanadas fritas en el fogón, emprendimos la bajada. Al anochecer, 5 horas y media después, llegamos a la casa en El Nogalito que el día antes nos vio partir. 

“Yo soy pobre por fuera pero rico por dentro”, nos había confesado Alberto. No se puede comprender el tamaño de lo que aquello expresa sin conocer Mala Mala.

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