La banda británica, que surgió en los años 90, tuvo su regreso con gloria al país al tocar en Tecnópolis, tocando su potente y extenso repertorio.

A esta altura, existen varias bandas surgidas en los '90 que pasaron gloriosamente el umbral de aquella década, transitaron entre turbulencias auto inflingidas la siguiente y en la actual ocupan un pedestal aún más alto que antaño, y ya se puede leer “clásico” como adjetivo recurrente cuando se los define. Radiohead es una de ellas.

Pero lo curioso y doblemente meritorio de ellos es que llegaron a este lugar donde ya no se discute a los artistas por un camino vertiginoso y sesudo. Luego de contar con una serie de éxitos tomados de sus tres primeros discos (High & Dry, No Surprises, Fake Plastic Trees, etc.) la música de Radiohead sufrió transformaciones profundas y sorprendentes, formas elegidas para desenterrar conflictos que habitaban -y seguramente siguen habitando- en lo más íntimo de Thom Yorke y los suyos.

Lo que vino después, entrando en el nuevo siglo y de la mano de Kid A y Amnesiac fue barullo de todo tipo: fans despechados, crítica mordaz… y unos cuantos inconformistas poniéndose por siempre del lado de la banda. Pero la mayoría no quería escuchar un tema como National Anthem de parte de los tipos que hicieron Karma Police. Ni hablar de la imposible-de-bailar Everything in its Right Place. Muy pocos apostaban por este cambio y muchos los acusaban de copiar a Tortoise. Pero hoy el panorama es otro y el diario del lunes les da la razón.

En la magnífica tarde del sábado se vio como una multitud colmó el predio de Tecnópolis, corporizando en esas casi 40 mil personas el sold out que la productora del evento comunicó a muy pocos días de comenzar la venta de entradas, el año pasado. El predio de Villa Martelli, esta vez empoderado con un enorme y concurrido beer garden de Heineken -como una ratificación de que no siempre la suma de rock y alcohol da como resultado un desastre-, recibió a esta propuesta global de Radiohead llamada Soundhearts Festival.

A decir verdad se trató de un mini festival en la que se sumaron al cartel dos artistas relacionados a la banda de Oxfordshire: Junun y Flying Lotus. El primero es una colaboración del guitarrista Jonny Greenwood, el compositor israelí Shye Ben Tzur y el Rajasthan Express, un ensamble percusivo bollywoodense. El segundo es el nombre artístico de Steven Ellison, productor, DJ, rapper, colaborador de Yorke y parte de la avanzadilla hip hop que surgida en Los Ángeles en la década pasada.

Ambos shows funcionaron como un ecléctico muestreo sonoro (música Sufí, sonidos de cuerdas y vientos con Junun, funk espacial, interminables capas sonoras y aires de jazz rock con Flying Lotus) en el que hubo momentos de euforia medida y originalidad exuberante. Acto seguido y con un retraso de media hora, Radiohead finalmente pisaría las tablas y así concluirían los nueve años de espera que atravesaron sus fans argentinos.

 

Daydreaming, contemplativo single del más reciente disco de la banda A Moon Shaped Pool, marcó el comienzo, y su forma de desarrollarse y florecer fue una metáfora perfecta para el momento del show que ocupó. El repertorio de la banda tiene una riqueza envidiable y de allí se desprende el hecho de que la lista de temas que siguió a esa apertura haya sido un éxito rotundo.

Los sintetizadores de Myxomatosis hacieron que el quinteto se convierta en una perversa y opresiva orquesta. Pyramid Song desafió los sentidos y permitió el lucimiento de Yorke en una línea de piano que nunca se termina de encontrar con su voz, signando un limbo melódico irresistible para inquietos musicales. Los recursos estéticos del sonido radiohediano son numerosos y sus ejecutantes no fallan. Everything in its Right Place, con su clave en plan disco paranoico e introspectivo puso a todo el mundo a golpear el talón mientras que My Iron Lung trajo el inconfundible sabor noventoso.

Fuente: Clarín.

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