Por Patricia Acosta

Caminante, son tus huellas

el camino y nada más;(…)”
 

Las montañas tucumanas están atravesadas por senderos que, desde épocas precolombinas, marcaron –a pie y a lomo de mula- las comunidades preexistentes para trasladarse de un paraje a otro. En el Valle de la Ciénaga esas huellas son hondos caminitos de tierra y piedra que nos dejan en el primer refugio de montaña: el edificio de la ex escuela de Nº 338. Más acá, Tafí del Valle. Más allá, Anfama, El Siambón, La Sala y San Javier.       Cruzamos el último arroyo entre piedras y agua cristalina serpenteante. Del otro lado y un poco más arriba, en medio de la pradera, frente a la cumbre del Mala Mala y el río envolvente está la ex escuela de La Ciénaga. Llegamos justo para la merienda. Eran las 5 y media de la tarde y hacía cuatro horas y media que caminábamos por las sendas a montaña traviesa. Los hombros resentían los kilos que llevábamos en la mochila, ya no había agua en las cantimploras y el calor era líquido caprichoso deslizándose por frente, mejillas y espalda. Los pies ya eran presos inocentes demandando justicia. Así, el edificio era, para nosotros, un oasis en el valle. En 2015, por falta de matrícula –según versa en un cartel pegado en la pared del acceso- cerró la escuela pero se transforma, poco a poco, en el primer albergue para montañistas en el marco de un proyecto de desarrollo turístico que viene poniendo en valor a las sendas que conducen a paraísos inaccesibles si no es caminando o a caballo.       “El 40% de la provincia es montaña y desde hace dos años venimos trabajando en el fortalecimiento de la red de sendas –ecosendas-. Consideramos que el potencial turístico de Tucumán es eso: el cordón montañoso con la selva, los valles intermontanos, con las comunidades que los habitan y su cultura. La forma que vimos de propiciar desarrollo local es poniendo en valor al sistema de sendas, esas huellas de herradura que se vienen usando históricamente”, destaca el director de Desarrollo Turístico del Ente, Mariano Hevia. “En este valle hay una huella ancestral que usaban las comunidades originarias que vincula Tafí del Valle con Raco; y si uno quiere, no solo con Raco sino con La Sala, San Javier y Yerba Buena. A este sendero nosotros lo llamamos sendero de largo recorrido donde se contemplan varias intervenciones. En este caso estamos trabajando un proyecto único con la idea de fortalecer una de estas localidades intermontanas: la de La Ciénaga, un lugar maravilloso cuya gente se fue yendo por falta de oportunidades y hoy no queda casi nadie. La escuela cerró y el edificio estaba en desuso. Luego de un convenio con el Ministerio de Educación lo estamos reconvirtiendo para ser utilizado como albergue de montaña”, relata Hevia. “Las sendas existen y se usan. Con cada intervención buscamos provocar el menor impacto ambiental posible”, concluyó.         La inmensidad “… Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar…”
  El ir y venir desde hace unos 7.400 años surcaron el camino a La Ciénaga, un valle a 2.578 metros sobre el nivel del mar, al sur de las Cumbres Calchaquíes, limitado al este por las cumbres de Mala Mala o de Tafí y al oeste por el Cerro Pabellón, en el extremo sur de las Cumbres Calchaquíes, Tucumán. En este valle nace el Río Lules con el nombre de Quebrada Piedras Grandes, afluente del Río Salí -Río Dulce después del embalse Río Hondo- y desemboca en la laguna Mar Chiquita, Córdoba. (Fuente: Camino a La Ciénaga (PDF Download Available). Available from:https://www.researchgate.net/publication/288182225_Camino_a_La_Cienaga, profesor Antonio Gutierrez)   Llegar a Tafí del Valle por la ruta 307, pasar por la “rotondita” de acceso a la villa y girar a la derecha por la Avenida Lola Mora hasta el final del camino para comenzar a caminar por las sendas del Valle La Ciénaga es un paseo por paisajes cuya belleza es directamente proporcional a la dificultad que presentan los caminos. El recorrido hasta el refugio tiene unos 11 kilómetros que puede dividirse en cuatro etapas: la primera trepada, de dificultad media, hasta la torre de alta tensión; el corral grande, hecho piedra sobre piedra con paredes de más 1,70m y que marca la mitad del recorrido. La tercera etapa la marca una zona arqueológica de piedras dispuestas en círculos de diferentes tamaños de admirable perfección –uno grande en el centro y otros de menor diámetro a su alrededor abarcando la extensión de un pequeño grupo de viviendas-, “el country Las Margaritas”, bautizó a esta etapa Mario Navarro, escultor y montañista de experiencia. Dos kilómetros más adelante y luego de una ladera regada de enormes rocas se divisa la ex escuela, ahora anfitriona de caminantes… con camino.    
Cada etapa sorprende con quebradas, arroyos, arbustos y vertientes –que vuelven cenagosos a los terrenos donde manan, de ahí el nombre del valle- en medio de las lomadas, serenas testigos del ganado que pastorea y nos mira con desconfianza. Arriba, el cielo, a veces oculto detrás de nubes que bailan al compás del viento… y mojan.
  Las rocas grises que forman parte de este cerro tienen unos 440 millones de años y son el resultado de la metamorfosis  de material depositado en una cuenca marina. Según la fuente geológica citada, esos sectores, donde la roca parece blanda y joven, están formados por depósitos de loes (cuarzo, feldespato, calcita y mica) y por ceniza, evidencia de la actividad volcánica en la región de la Puna.   El viento Una ráfaga hizo volar varias veces mi sombrero. El largo y renegrido cabello de Sofía Navarro, de 9 años, ejercitaba alguna danza rebelde escapándose de su colero: finalmente cedió ante el ímpetu de aquel soplido de montaña y cielo. Con el pelo suelto y juguetón y la sonrisa amplia ella nos contaba que era la tercera vez que caminaba los 11 km del valle. Conforme oscurecía el viento era más veloz. Y era más frío. Y era mensaje ancestral en nuestros oídos.        El fogón y el asado fueron la escusa para el brindis y el vino dejó devenir la tertulia de noche estrellada. Afuera, el río le entonaba alguna copla a la madrugada y los pastizales de la barranca contoneados por el aire seguían la fiesta del encuentro. De regreso, Natalia Chalabe, impetuosa andariega de laderas y cumbres, rescataba escarabajos patas para arriba y revelaba el nombre de la vegetación circundante al resto del grupo que integramos con Mario y Sofía Navarro (padre e hija), Patricio Mendoza, Fernando Coviella, Federico Soria, Leo Gonzalez, Cyntia Montaner y Eduardo Paul (canal 8).         “… Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.”
  Antonio Machado, claro, no se refería a estos caminos atravesados por la energía del viento y atravesando la inmensidad que se vuelve sangre y pensamiento.  

Compartir

Notas Relacionadas

Comentarios