“Nadie que no haya vivido la pasión del periodismo puede concebir siquiera el palpito sobrenatural de la noticia. Nadie que no esté dispuesto a vivir solo para eso podría persistir en un oficio tan incomprensible y voraz” (Gabriel García Márquez).

Quizás es esa misma pasión, ese sentido de pertenencia, pero también de supervivencia en un ambiente tan cercano como hostil, lo que nos libera de la vergüenza, lo que le abre la celda a emociones contenidas y, en muchos casos, lo que desata una visión de la realidad que siempre tuvimos pero que, con el ajetreo de la vida, parecía olvidada.

Porque el periodismo, al fin y al cabo, siempre fue eso: mostrar la pintura completa, prestar atención a cada detalle, recoger eso que otros arrojaron y pisaron sin apenas darse cuenta, para luego decodificar porque se encuentra allí, porque tiene esa forma y, sobre todo, porque fue tirado y maltratado ¿tan solo por simple descuido o con alguna intención?

Es cierto, también, que en el afloramiento de las pasiones, de las emociones internas muchos pueden caminar en un terreno peligroso donde la confrontación y la división se vuelven lugares comunes. Donde la crítica se convierte en ataque, donde la opinión se convierte en ofensa y el sentido de pertenencia se hace cada vez menor.

Hay una palabra recurrente, que se ha mencionado hasta el hartazgo cada vez que se toca la convulsionada política nacional, como si fuese el sustantivo de un nuevo concepto: “Grieta”. Sin embargo, siempre ha existido, desde el inicio de la civilización. Sin posiciones opuestas, sin debates acalorados, sin un contrapunto, el ser humano no podría existir; es algo que buscamos casi por naturaleza y si no aparece, la inventamos.

El problema es el uso que se le puede dar a la palabra y nuestra interpretación de cuán profunda es esa grieta, cuán complicado es cerrarla y cuántos ladrillos tendrá nuestro muro, que será un obstáculo, si el otro se decide a cruzar.

De todas maneras, es cierto que en la Argentina de los últimos 15 años se ha acentuado una división, hubo un quiebre, tanto en la política como en el periodismo. No vamos a enumerar hechos o declaraciones puntuales que hayan marcado esta situación, tampoco somos capaces de brindar una solución a un problema que, en definitiva, es parte de nosotros como sociedad y va mucho más allá de un FPV vs Cambiemos, peronistas vs radicales o izquierda vs derecha.

Vivimos en una época marcada por las nuevas formas de comunicación, por la noticia al instante, por la rapidez de la información, pero también por la distorsión del mensaje, las “fakenews” y las redes sociales que dejan a cualquiera con un teléfono celular en la posición de reportar un hecho periodístico. Todo esto ya plantea un panorama sensible y complejo para la prensa mundial al cual, nuestro país no escapa. Aunque, atención, tampoco perdemos nuestra capacidad de sumar dificultades.

Es curioso observar casi a diario a medios nacionales hablar de la “grieta” y buscar respuestas en la clase política como alguien que padece una enfermedad, pero consulta constantemente los síntomas. Al leer o escuchar distintas editoriales por el Día del Periodista en el primer año de la gestión Macri, no dejaba de llamar la atención el contraste de opinión entre personas con años de experiencia que ejercen la misma profesión, en el mismo país. No es de sorprender que mientras en un lado se hable de “día feliz para replantear el futuro del periodismo, sin miedo” en el otro se escuche una frase tajante “el peor día desde la vuelta a la democracia”.

Ciertamente, las marcadas posiciones periodísticas no corresponden solamente a un capricho local. Son conocidas en Estados Unidos las diferentes maneras de tratar una noticia sobre Trump, medios críticos como NY Times frente a otros como la cadena Fox News. En el fútbol se sabe del surgimiento de una atracción, propia de un programa de chimentos: la guerra de tapas entre los diarios de Madrid y Barcelona defendiendo a sus respectivos clubes, con un sentimiento que, muchas veces, pasa la línea de lo deportivo.

“Que una cosa sea verdad no significa que sea convincente” decía Truman Capote. ¡Y es cierto! La verdad puede ser medida de diferentes maneras en la política, en el periodismo y en la vida. Entonces ¿en qué nos basamos para definir nuestra posición?

Todos sabemos nuestra procedencia, nuestras opiniones sobre determinados tópicos, nuestra historia, nuestra cultura familiar. Cosas que llevaremos de por vida, que nos hace un individuo, que nos lleva a pararnos frente al mundo de esta manera y no de otra y, en conclusión, nos hace seres políticos. El dilema aparece cuando algunos se dejan atrapar por cierto fanatismo y llevan la realidad a un punto donde se vuelve propia, la endulzan o no, dependiendo su gusto, dependiendo su conveniencia o la de ciertas ideologías. Por supuesto sin mencionar, de manera enérgica y sin ánimo de piedad, a aquellos que solo defienden su posición política basados en su cuenta bancaria, el bienestar económico de su familia o sus ansias de poder. A esos no les cabe la palabra pasión.

Entonces, transitando este laberinto y frente a semejante mar de posiciones enfrentadas, de discursos atrincherados, de oídos sordos ¿No es acaso el periodismo el lugar que nos despoja de toda subjetividad?¿No es esa búsqueda de la verdad, esa dedicación a la investigación de la que hablaba García Márquez la que nos hace olvidar nuestro interés y pone nuestra visión del mundo en todos los ángulos posibles?

Quizás sea tiempo de reaccionar, de hacer una reparación… En tiempos de grieta, parte de esa verdad tan buscada puede volverse invisible o extraviarse en las oscuras profundidades del fanatismo. Ysolo el verdadero periodista puede rescatarla.

 

                                                                                                                                                                                                                          E.P (h)

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