“Y en esta soledad me vuelvo lucero. Un niño barrilete tan dueño de este cielo”... (Por Patricia Acosta)

“Y en esta soledad me vuelvo lucero. Un niño barrilete tan dueño de este cielo”, versa la inspiración de algún viajero que, como nosotros, celebraba haber llegado y era invadido por las sensaciones que manan de esa tierra, 1000 metros montaña arriba (14,5 Km en línea recta), desde el inicio de la senda, en el puente del Río Grande del Siambón, a 50 metros de la ruta 341 que une Tapia con Raco.

 

 

Anochecía cuando cruzamos un pequeño brazo del Río Anfama, el último cruce de agua. Doña Petrona no nos esperaba pero en el fogón había agua para el mate cocido y en la habitación, varias camas con sábanas limpias y bien arropadas para combatir el frío. Era el bendito presagio de un baño reponedor, una cena energizante y un sueño reparador de músculos contracturados luego de una caminata en ascenso de más de nueve horas.

¿Nueve horas? Se preguntarán admirados los que acostumbran trepar por las laderas de los cerros tucumanos. Lo que pasa es que fue un tiempo a paso de principiante, sin entrenamiento. No creas que es un intento de justificar que comenzamos la subida a las 09:00 y llegamos al final de la tarde, con las últimas luces de un día de sol regalado. Con el corazón latiendo en las manos.

 

El trajín

“El montañismo es un deporte, actividad, hobbies que se practica en la montaña. Senderismo es andar los caminos de los cerros, caminando”, explica Víctor Leal, amante y viejo conocedor de los secretos que esconde el relieve tucumano. Víctor tiene 65 años, retirado de la Policía de Tucumán, buzo, aladeltista, entrenado para el rescate en altura y en agua, practicante de artes marciales. Son 40 años abrazado al deporte y el entrenamiento como forma de vida una vez retirado de la Policía de Tucumán. A los 56 comenzó a competir en carreras de ecoaventuras.

-          Imagino que ganaste varias

-          Si, tengo mis trofeos y mis medallas por salir primero o tercero o por haber participado pero eso me tiene sin cuidado.

-         ¿Si?

-         Si, lo importante es haber aprendido, a través de esta actividad, a conocer la montaña. Es como una mujer: bella, de fuerte carácter, noble. Te permite conocerla; si la tratas bien, te responde con bondad. Solo tenés que abrirte a ella y te cobijará. Y si le faltaras al respeto te enseñará (con crudeza) que no se puede.

 Y tiene razón.

 

Después del río, la cuesta

Hay dos maneras de llegar a Anfama: por la ruta o por la “cuesta del caballo”, el camino más corto pero más dificultoso. Fuimos desafiantes y elegimos la trepada difícil. Llegamos al Camping del Río Grande, en El Siambon, pasadas las 8 de la mañana. Allí estaba Noemí Diaz, anfitriona y mano derecha de Don Héctor Romero, propietario del emprendimiento que lleva años al servicio de quienes desean disfrutar del aire fresco y el sol. Reacomodamos las mochilas para equilibrar el peso, controlamos la cantidad de agua y alimento apropiados para recuperar energía y encaramos la senda hacia el corazón de la montaña.

Para empezar a subir la cuesta propiamente dicha, hay que cruzar 12 veces el río, incluido el Anfama, muy cerca de la junta donde, con las aguas del Río San Javier, forman al Grande, grande por su cauce, su caudal y su pendiente: ¡guay cuando crece!

“Cualquier persona puede practicar senderismo, montañismo, andinismo, sólo que cada una tiene su parte técnica”, explica Víctor a quién conocí por referencia de una de su tantas alumnas, Ceci Aparicio, quién, entre paréntesis, le dedicó su primera cumbre. “Para el senderismo, que implica transitar diferentes terrenos y relieves, se necesita tener la capacidad motora de caminar y el estado físico requerido y depende de la dificultad de esos caminos: distancia a recorrer, pendiente y tipo de suelo (pantanoso, pedregoso, arenoso, arcilloso). Lo ideal es empezar en la zona pedemontana aprendiendo a desandar las sendas”.

-          Hay que entrenar

-           Si, es fundamental para no sufrir la travesía. Lo mejor es caminar tres veces a la semana. Ir de menos a más.

-         ¿Cuántos kilómetros?

-          Empezar con uno; luego, dos, tres, 10; en subida; con trote; en distintos tipos de terreno: con raíces, piedras.

-          Para ir acomodando el cuerpo…

-          Eso es. Y a la vez, agudizar la mirada. Observar el entorno. No es igual caminar por la pradera que por las Yungas o entre                                 arbustos espinosos.

El zigzag de “La Cuesta del caballo” empieza después del último cruce del río. Para ese primer tramo usamos unas zapatillas distintas a las de la etapa seca, aptas para sumergirse, hasta la cadera en varias ocasiones, en aguas veloces, frías y cristalinas. Teníamos que llegar hasta un “arbolito” allá arriba, casi inalcanzable. Ese era una especie de mojón en la primera cumbre, señal que lo que seguía era un caminito angosto que serpentea en una atractiva cornisa de piedra quebrada en cuyo extremo, al fondo de la quebrada, deslumbra el cauce del río los rayos mezquinos de la tarde. En las alturas, desplegadas las alas en vuelo certero, un halcón recorría sus dominios como monarca del cielo.

Llegamos al puente colgante y no mucho tiempo después, la escuela.

“La ropa para emprender este tipo de travesías es importante y depende de la época del año. En general las mudas son de a dos y hechas de telas livianas y de secado rápido”, recomienda Víctor.

-          ¿Y en la mochila qué no debe faltar?

-          Bolsa de hidratación, linterna manos libres, una pinza multiuso, un silbato, botiquín, una campera rompeviento, una gorra, anteojo de sol, encendedor.

El maestro sabe.

 

La casa

Ya era el atardecer cuando llegamos la Hospedaje “Canto de la Aguada” de Petrona y Adolfo Chocobar. La luna era una perla colgante de la hora mágica. Por poco nos agarra la noche y para los baqueanos o entrenados en estas actividades de montaña eso parece una inocente mentira ¡Pero no lo es!

¡Ellos suelen caminar esta senda hasta Anfama, ida y vuelta, el mismo día! Como verás, lo del entrenamiento no es broma.

"Todo se aprende: cómo subir y bajar las trepadas; cómo respirar; cómo cambiar el ritmo. Desde lo más sencillo y fácil a lo más difícil… Experimentar, andar, explorar la montaña es lo más hermoso que te puede pasar", asegura Víctor.

Ciertamente.

La escarcha de la helada del amanecer del día siguiente fue desvaneciéndose casi con timidez de principiante. El pan casero estaba en la mesa. El río no abandonaba su serenata de coplas  cuesta abajo y nosotros queríamos perpetuar la estancia y el fogón.

Pero volvimos. Volvimos por la misma senda, con el vuelo del halcón en la retina.

                                              

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