Afirman la importancia de eliminar factores de estrés.

Aseguran que se debe trabajar en el parte psicológica de los afectados. Identificar los síntomas y dar un correcto diagnóstico es un paso para un correcto tratamiento.

Es sábado 29 de septiembre y el cielo descarga con furia una lluvia torrencial sobre Buenos Aires. Eso no impide 1.300 personas, entre maestros, profesionales y padres, se reúnan en el Centro Asturiano de Buenos Aires, ubicado en Vicente López, para hablar y escuchar a especialistas disertar sobre la dislexia y otras dificultades de aprendizaje. Es el turno de la especialista española Helena Alvarado, psicóloga, pedagoga terapeuta y logopeda, profesora y coautora del Protocolo de Detección y Actuación de Dislexia, una de las profesionales convocadas por Disfam Argentina para hablar en el III Congreso Iberoamericano de Dislexia y otras DEA de un tema subyacente a estas dificultades: las consecuencias emocionales de las dificultades de aprendizaje.

Su charla empieza con una propuesta: ponerse en el lugar de los chicos con dislexia y otras DEA. Para ello, Helena propone hacer un dictado, equivalente al que se les da en la escuela a chicos de tercer grado. Pero tiene algunas condiciones: ella será la "maestra" y los “alumnos”, en este caso toda la audiencia, deben escribir con la mano cambiada, y aquellos que usan anteojos, deben sacárselos. La actividad no durará más de cinco minutos, promete. “El viejo tren está ahora en un museo”, comienza el dictado. El auditorio comienza a escribir. Enseguida empiezan a escucharse algunas risas nerviosas o expresiones de sorpresa. A la izquierda de esta periodista, tres jóvenes profesionales abandonan antes de completar la primera oración.  A medida que avanza el dictado crece la tensión en la mano, la preocupación por llegar a escribir antes de que llegue una nueva frase, sabiendo que la mano "boba" no responde en tiempo y forma. Con gran esfuerzo, y paciencia de Helena que repite varias veces las oraciones para tratar de que los “alumnos” no se pierdan, termina la actividad.

 

“¿Alguien tenía ganas de abandonar? ¿Y si abandonas y te dicen que sos un vago? ¿Son conscientes del que el esfuerzo que realizaban no se correspondía con el resultado que obtenían? ¿Odiaron a la maestra también? Pues todo esto lo sienten los chicos con dificultad de aprendizaje todo el día, todos los días”, señala y agrega: “Acá además tienen la suerte de que todos estaban en la misma situación, salvo las personas que usan anteojos y se sentían peor, y habrán pensado ‘yo lo tengo más difícil’. La diferencia con estos niños estas niñas que tenemos adentro del aula es que ellos están sintiendo todo esto mientras el compañero de al lado está tranquilo”, señala ante la audiencia. Y brinda algunos datos para tener en cuenta qué sienten los chicos en ese momento: “El autoconcepto se gesta en relación a la información que tengo de los otros hacia mí, y eso no depende únicamente de la maestra o la familia. Es la propia experiencia. Si el chico percibe que el de al lado lo mira, que debe pensar que qué mala letra, que qué lento. Esa es su propia experiencia con relación al resto”, dice Helena. Y enfatiza, entonces, “no alcanza con profesores sensibilizados y con familias comprensivas. Se tienen que hacer las cosas bien. Hacer las cosas bien no es darle una ventaja, pero es necesario poner a estos niños en igualdad de condiciones con el resto”.

 

 

-¿Cómo se puede aliviar el costo emocional que tiene la dislexia para los chicos?

- Hay una parte que es metodológica, que la escuela responda bien a las necesidades del niño en cuanto a adaptaciones y medidas de apoyo. Luego hay una parte de aceptación y acompañamiento. Y un trabajo importantísimo, que muchas veces se olvida, que es hablar de lo que les pasa, ser muy conscientes de los puntos débiles que se tienen que trabajar y hacer mucho caso a las fortalezas. Y ayudar en todo el tema de la situación emocional, de las necesidades y de aceptar todo, teniendo en cuanta con lo que nos enfrentamos, que siempre es un proceso de duelo, porque no queremos que nuestros hijos tengan dificultades. Y cuando nos encontramos con dificultades de este tipo, que se prolongan durante muchos años, creo que se hace poco, se le da mucha atención al aprendizaje y muy poco al acompañamiento emocional de esto chicos. Esto implica cómo la familia responde a ello, cómo nos comunicamos con el nene y cómo nos comunicamos con la escuela. También cómo la escuela se comunica con la familia, y esto es una triada en la que escuela, familia y niño cuanto más fluido sea, mejor va a poder seguir e ir consiguiendo objetivos.

-¿Es importante ponerle nombre a lo que les pasa, porque en Argentina está muy arraigado el concepto de “no etiquetar” a los chicos?

- Es un error. Cuando me siento mal y tengo una serie de síntomas, voy al médico para que me diga lo que tengo. No voy al médico para que me diga no le voy a poner nombre a lo que usted tiene pero tómese esto. No, quiero saberlo, no vaya a ser que sea algo peor. Siempre digo que hay ponerle nombre, porque lamentablemente ellos ya le han puesto nombre, y ese nombre es “soy tonto”, “soy vago”, “no sirvo”. Entonces ponerle la etiqueta congruente es darle un sentido y quitarle una etiqueta que es mucho más dañina. Había un autor que dice que hay una cosa peor que poner una etiqueta equivocada y es no poner ninguna. He trabajado con grupos de chicos con dislexia, llevo 20 años, y no conocí a ninguno que me diga yo hubiera preferido no saberlo. Ahora eso sí, cuando se sabe, hay que trabajarlo. Es un proceso de duelo, de pérdida de algo y de aceptación, que se pasa por alto y nos enfocamos en el tema del aprendizaje. O cuando el chiquito tiene dislexia y se lo lleva a reeducación y nadie le explica qué va a trabajar, por qué va, quién es esa señora. Por qué tiene que aprender de manera diferente a integrar la lectoescritura, cuando sus compañeritos no van a ningún lado y entonces vienen y les dices ‘te han explicado por qué vienes? Y dice “no”. Sabes quien soy yo, “no”. Es muy fuerte. O te dicen otra historia, como “tu eres una maestra”, no yo soy una psicóloga, ayudo a los chicos y a las familias cuando quieren mejorar en algo, de la escuela, de casa, de la familia. ¿Tu quieres mejorar? 'Sí, no aprendo bien'. Y te lo cuentan. Es importante hablarlo.

-¿Siempre es necesario apoyo psicológico para los chicos con dislexia?

-Puede no ser necesario si no hay sintomatología. Es cierto que hay etapas en las que tal vez necesite un apoyo, pero como cualquier persona. En etapas de cambio. Sí es relevante tener presente que los que llegan a consulta, el 95% tienen sintomatología ansioso depresiva. Ahí está pasando algo. Pero el sistema familiar y escolar, no solo escolar, tienen que hacer algo al respecto. Siempre enfocamos mucho en el papel del profesorado, pero también hay que mirar a la familia, las obligaciones parentales que hay en todo esto, es fundamental. En el sentido de entender, acompañar y aliviar. No todo se trata de luchar en contra de, si no que trabajemos todos sin combatir. Sin combatir con el nene, con la escuela, entre la pareja y entender.

-¿Qué consejos se pueden dar para sobrellevar las DEA de la mejor manera?

Es muy importante eliminar factores de estrés. Ver cómo reparte el tiempo el niño con dislexia. Se sabe que los chicos con dificultades de aprendizaje tienen mucho menos tiempo libre que los chicos sin DEA. Eso solo, a nivel objetivo ya es un factor de estrés que perpetuado en el tiempo genera sintomatología depresiva. Si el niño está cargado de actividades y renuncia todas las actividades placenteras eso genera sintomatología depresiva. Si yo renuncio a actividades placenteras y solo me cubro de obligaciones centradas en la dificultad yo me deprimo. Así como la depresión genera renuncia a lo placentero, renunciar a lo placentero genera depresión. Y es así. Hay que identificar los factores de estrés, conocedores de los mantenedores de la sintomatología ansioso depresiva. Como reaccionar a sus reacciones emocionales y de conducta. Como padres también, trabajar mis emociones, no sólo para que tengan un buen modelo, si no porque yo también formo parte del sistema. Soy una importante palanca de cambio para que se sienta mejor. Haciendo determinadas cosas puedo hacer que el niño se sienta mejor.

Helena Alvarado en el Congreso Disfam.

 

Helena también considera fundamental que exista una comunicación sana entre la escuela y la familia para que el chico no esté sometido a un estrés continuo. “Por ejemplo, niños que están dos horas haciendo deberes cuando un niño sin dificultad está media hora. Esto no se puede. Entonces, como padre, me tengo que sentar sin conflicto con el maestro, y preguntar cuál es el tiempo medio que un niño de esta edad precisa para hacer la tarea escolar. Ante la respuesta, media hora, debo informarle al docente que para hacer esto mi hijo necesita dos horas. Entonces hay dos opciones, o reducimos los ejercicios, o no copia enunciados, o le toman oral, todo lo repetido se va afuera o a la media hora paro. Eso es un factor de estrés. Si tiene que dedicar tres horas más de estudio, que el compañerito que no tiene dificultad de aprendizaje, a un niño con dificultad de aprendizajes lo tengo que poner en igualdad de condiciones, o me das el resumen o el mapa mental hecho, entonces en lugar de estudiarse las cinco páginas del libro solo se estudia el esquema y lo pongo en igualdad de condiciones. Estamos todos en igualdad de condiciones”.

Por último, Helena recomienda “hablar con el niño, explicarles qué les pasa, acompañarlos. Y buscar algo que disfrute, no enfocarnos únicamente en lo académico”.

 

Fuente: Clarín

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