"El coste humano y la destrucción alcanzan límites inadmisibles", según la ONU.

Ni el Gobierno ni los talibán dan su brazo a torcer para negociar una solución. Una nueva masacre talibán en Kabul deja 35 muertos y 42 heridos. Al menos 90 muertos y más de 460 heridos en un atentado suicida en una zona de alta seguridad en Kabul

"Esta mañana he vuelto a ver muchos cadáveres... demasiados", explicaba ayer Rashid Ahmad, testigo del atentado en Kabul y superviviente de la explosión que el pasado 31 de mayo mató a 150 personas en el centro diplomático de la capital de Afganistán. "Creía que el mundo se venía abajo, la explosión ha sido tan fuerte que me ha tirado al suelo. ¿Cuándo terminará este calvario?", se preguntaba con lágrimas en los ojos. "Sigo con vida, he vuelto a escapar a la muerte pero, ¿por cuánto tiempo?».

La capital afgana volvió a despertar ayer al son de una gran explosión, las sirenas de las ambulancias y los gritos de las muchas víctimas civiles, 35 muertos y 42 heridos, según el portavoz del Ministerio del Interior, Najib Danish, quien preveía que la cifra de muertos aumentara porque el ataque se produjo a las siete de la mañana (hora local) en una zona con gran afluencia de tráfico, en las proximidades de la Universidad Zawal. "Un atacante suicida talibán se ha hecho detonar al paso de un autobús transportando empleados del Ministerio de Minas y Petróleo", explicó el portavoz del jefe de la policía en Kabul, Basir Mujahed.

"¡Malditos asesinos! ¿Es esto lo que Alá Todopoderoso les ha pedido que hagan?", gritaba un herido leve en la escena de los hechos. "¿Hasta cuándo tenemos que aguantar esta situación?", se preguntaba otra mujer que no quiso identificarse.

La carnicería en el país asiático ha alcanzado un récord este año. Tanto el Gobierno de Kabul como los talibán no dan su mano a torcer para encontrar una solución negociada, mientras las bajas civiles aumentan, por lo que son éstos los que están pagando la cuenta de la sangría. "Desde enero de 2017 se han registrado 1.667 civiles muertos y 3.581 heridos", según informó el pasado lunes la Misión de la ONU en el país (UNAMA, por sus siglas en inglés). "El coste humano, la destrucción y el sufrimiento en el feo conflicto de Afganistán está alcanzando límites inadmisibles", explicó el jefe de UNAMA, Tadamichi Yamamoto.

Yamamoto también indicó que "el 40% de las bajas civiles causadas por las fuerzas antigubernamentales son consecuencia del uso de las bombas improvisadas de carretera", las cuales son la peor pesadilla de los civiles y las tropas afganas viviendo en las provincias de Kabul, Helmand, Kandahar, Nangarhar, Uruzgan, Faryab, Laghman, Kunduz y Farah, donde dichos artefactos son el pan de cada día de un conflicto donde, desde 2009, han muerto 26.500 civiles y 49.000 han resultado heridos, según cifras de la ONU.

El portavoz de los talibán, Zabihullah Mujahid, hizo público un comunicado en el que reclamó la autoría del atentado de ayer "contra los servicios de Inteligencia afganos", según aseguró la voz cantante de los yihadistas. Por su parte, fuentes del Gobierno afgano negaron que en el vehículo hubiera miembros de la Dirección Nacional de Seguridad (NDS, por sus siglas en inglés), la agencia de espionaje afgana.

Apenas hace una semana que Mujahid, en una entrevista exclusiva para EL MUNDO, justificó la táctica del terror que suponen los atentados suicidas afirmando que en "el Corán hay muchos ejemplos en los que seguidores directos del Profeta buscaron el martirio para defender al islam, por lo que está permitido". "Es una perversión" del Corán, critican diversos clérigos consultados.

Otro de los testigos del atentado describía una escena apocalíptica. "Estaba caminando cuando, de repente, el mundo se ha venido abajo. Como si el día se convirtiese en noche y el fuego lo devorase todo", explicó Rafiq.

La policía y los agentes de NDS acordonaron rápidamente la zona convertida en un caos de humo, tráfico de ambulancias entrando y saliendo cargando heridos, enfermeros recogiendo pedazos de carne y cuerpos humanos, bomberos y grúas del Gobierno cargando el amasijo de hierro en el que se convirtió el minibús en el que viajaban los empleados gubernamentales. Una escena dantesca azuzada por el griterío, los chillidos de los heridos y el zumbar de las sirenas. El Ministerio del Interior afgano describió este nuevo atentado como «un crimen contra la humanidad».

Mientras, fuentes del Ministerio de Defensa, no descartaban que el objetivo del ataque de ayer fuera Mohamad Mohaqiq, conocido líder de la comunidad chií hazara -una de las etnias minoritarias en Afganistán y enemiga acérrima de los talibán- el cual es un miembro destacado del equipo del jefe del Ejecutivo, Abdullah Abdullah, y cuya residencia se encuentra a unos metros de donde se produjo la explosión.

La provincia de Ghor, en el centro de Afganistán y casi totalmente en manos de los talibán, fue el domingo el escenario de una de las peores masacres terroristas que se recuerdan en el país, cuando los yihadistas asaltaron y conquistaron el estratégico distrito de Taywara, para luego proceder a arrasar el hospital del distrito ejecutando a todos los doctores, enfermeras y pacientes del centro médico.

"Los han matado a todos... hombres, mujeres y niños, y luego han quemado el hospital", según informó el portavoz de la policía, Mohammad Aqbal Nazami, que no pudo facilitar el número de fallecidos. "También han quemado y destruido todos los edificios gubernamentales", añadió. Por su parte, el comandante provincial de la policía, Mahmood Andarabi, aseguró que los combates todavía están teniendo lugar ya que "un grupo de partidarios civiles y militares del Gobierno afgano se ha atrincherado y está luchando a muerte para contener a los talibán, que los han rodeado".

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