La primera participación de un equipo tucumano en la historia de la Copa Libertadores regaló una jornada de película.

El 7 de febrero de 2017, la inminente suspensión por un vuelo no autorizado se convirtió en el festejo eterno de un Atlético Tucumán inexperto en Copa Libertadores que emocionó a un país.

Era histórico de antemano. Atlético Tucumán jugando Copa Libertadores por primera vez, ya era suficiente para que sea tapa de todos los diarios de la provincia y la región. Nadie pudo imaginar todo lo que vendría después. 

El 7 de febrero de 2017 terminó entrando en los libros de las grandes epopeyas del fútbol argentino, gracias a una tarde noche de película, vivida por el Decano, seguida de cerca por millares de personas, en esta bendita provincia, en todo el país, y en muchos otros más. 

El equipo que dirigía Pablo Lavallén tenía que jugar con El Nacional, en Quito, por lo que decidió hacer base en Guayaquil, para llegar a la ciudad del partido pocas horas antes del inicio, y de esa manera atenuar los efectos de la altura. Pero algo salió mal. El avión que había trasladado a la delegación desde Tucumán a Guayaquil, según las autoridades del aeropuerto, ahora no contaba con todas las autorizaciones para volar hacia la capital. Pudo aterriza ahí el día anterior, pero ese día ya no podía salir. Tenía permisos, pero no tantos. Insólita situación.

Luego de unos minutos de incertidumbre, el club compró pasajes en un vuelo comercial para que puedan viajar los futbolistas y el cuerpo técnico. Lo que siguió después fue convencer a las autoridades y al club local que los espere, porque a esta altura del día una cosa era segura: era imposible llegar a tiempo para que se desarrolle el partido. 

Y en el medio, mil atenuantes más. La aparición de Luis Juez, showman y embajador, futbolero de ley, mejor amigo del Deca. Las camisetas que no entraron en el viaje. La intervención milagrosa de los utileros de la Selección sub 20, que de casualidad estaba en la misma ciudad, compitiendo en un Sudamericano. La cuenta regresiva y el directivo Mario Ávila que habla ante las cámaras, casi sin aire, con las lágrimas a punto de explotarle: "se juega, el partido se va a jugar". 

Y en la cancha, la garra infinita, el corazón en la mano. Atlético jugando el partido de su vida, en la noche que el mundo entero lo estaba mirando. La ida había salido 2 a 2, solo servía ganar. Y Zampedri se elevó como en el patio de su casa, y conectó un "cabezazo de ensueño", percibido una y un millón de veces en todas las repeticiones que los hinchas vimos. 

Por Rodolfo Geréz Cardozo, El Tucumano.

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