Tras cuatro días de catársis y mea culpa, el Papa anunció qur la Iglesia católica denunciará y hará público cualquier caso de absuso sexual clerical de niños y adolescentes (AFP).

Tras cuatro días de catársis y mea culpa, el Papa anunció que la Iglesia católica denunciará y hará público cualquier caso de abuso sexual clerical sobre niños y adolescentes.

Tras cuatro días de catarsis, mea culpa y una anunciada decisión de “nunca más” para impedir que no sea denunciado o hecho público cualquier caso de abuso sexual clerical sobre niños y adolescentes, la Iglesia católica ha consumado la más extraordinaria operación de destape de los esqueletos de sus armarios bimilenarios. Los culpables, todos, serán juzgados y condenados; hasta echados de la Iglesia, como acaba de ocurrir con el escarmiento firmado por Francisco del ex cardenal norteamericano Theodore McCarrick, reducido al estado laico, una sanción sin antecedentes a un purpurado de la Iglesia.

Pero ¿como se curarán estas graves heridas en el cuerpo de la Iglesia?

Los cambios que se prometen significan casi una revolución. Casi porque no se propone erradicar (sería imposible) el problema más profundo, que es una mentalidad fuera de época frente al sexo y sobre todo, a las mujeres, la otra mitad del cielo, que siguen incomprendidas y discriminadas pese a los esfuerzos de Jorge Bergoglio por demostrar que por este lado las cosas están tomando otro rumbo. Esa mentalidad abarca también a los hombres del ministerio ordenado, obligados a la castidad de los solteros y a mantener fuera de la cabeza los temas sexuales que vuelven siempre a meterse dentro, calificados hasta hoy como “pensamientos impuros”.

En estos días los organizadores han planteado a la asamblea de los presidentes de las conferencias episcopales nacionales y jefes de las órdenes religiosas masculinas y femeninas, unas medidas audaces para poner bajo control la actividad de los obispos. Esta fue la razón de fondo que llevó a convocar la asamblea. Victimas y victimarios son dos figuras claras. En el medio hay una figura plena de claroscuros, que no siempre, pero bastante, se identifica con el obispo, descendiente de los apóstoles, cuya relación con el Papa es directa.

La decisión de anunciar la creación de Grupos de Tareas, estructuras intermedias que “ayuden a los obispos” y de paso controlen que no ocurran episodios “non sanctos” en parroquias, seminarios, escuelas, gimnasios y otros ámbitos de las diócesis, en actividades protagonizadas por infantes y adolescentes, representan una novedad absoluta y, para los más conservadores, peligrosa.

Una “invasión” de laicos de todo pelaje, incluidos los ¡psicólogos!, que acompañarían el liderazgo de los obispos en sus diócesis, creará en muchos celosos de su autonomía y dignidad eclesial, resistencias pasivas y no tanto. Este cambio tiene un alto voltaje cultural porque cambia muchos siglos de una estructura inmóvil, opaca. Ni hablar de los que encima tienen pecados, delitos y crímenes que ocultar. La transparencia, la rendición de cuentas, la responsabilidad de los obispos que han estado en el centro del debate de las tres sesiones plenarias, fabricarán una Caja de Pandora de problemas.

Fuente: Clarín

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