El Papa, durante el Via Crucis en el Coliseo Fuente: AFP

El papa encabezó este Viernes Santo el tradicional rezo en el Coliseo Romano. Las meditaciones tuvieron como eje la inclusión de la mujer, los inmigrantes y los hambrientos.

 

 El papa Francisco encabezó este Viernes Santo el tradicional rezo del viacrucis en el Coliseo Romano. Con meditaciones preparadas por la misionera de la Consolata Sor Eugenia Bonetti, el camino de Jesús estuvo centrado en reflexiones sobre “los nuevos crucificados de hoy”. A lo largo de las 14 estaciones, se hizo visible el drama de las víctimas de trata, los menores mercantilizados, las mujeres forzadas a prostituirse y los migrantes.

“Los nuevos crucificados de hoy” fueron los protagonistas de una nueva edición del viacrucis encabezado por el papa Francisco en el Coliseo Romano. En cada estación, las reflexiones estuvieron centradas en el drama que viven las víctimas de la trata, los menores mercantilizados, las mujeres forzadas a prostituirse y los migrantes. 

La religiosa directora de la Asociación "Slaves no more", encargada de preparar las meditaciones del viacrucis del Viernes Santo en el Coliseo, ha querido de este modo viajar "junto con todos los pobres, los excluidos de la sociedad y los nuevos crucificados de la historia de hoy, víctimas de nuestros cierres, poderes y legislaciones, ceguera y egoísmo, pero sobre todo de nuestros corazones endurecidos por la indiferencia". Entre los conmemorados estuvieron los 26 jóvenes nigerianos cuyos funerales se celebraron en Salerno, y su compatriota Favour, de 9 meses de edad, que perdió a sus padres en el mar. 

Que los responsables escuchen el grito de los pobres 

En la primera estación, la figura de Poncio Pilato inspiró la oración "por los responsables, para que escuchen el grito de los pobres" y "de todos aquellos jóvenes que, de diversas maneras, son condenados a muerte por la indiferencia generada por políticas exclusivas y egoístas". 

En Jesús que toma la cruz, en cambio, está la invitación a reconocer "los nuevos crucificados de hoy: los sin techo, los jóvenes sin esperanza, sin trabajo y sin perspectivas, los inmigrantes obligados a vivir en chabolas al margen de nuestra sociedad, después de haber enfrentado sufrimientos sin precedentes". Pero el pensamiento se dirigió también a los niños "discriminados por su origen, el color de su piel o su clase social". Ante todo esto, el ejemplo a seguir es el de Cristo que habló de servicio, perdón, renuncia y sufrimiento, manifestando en su vida "el amor verdadero y desinteresado al prójimo". 

Reconocer quién está necesitado 

En las estaciones de Jesús hacia el Calvario, se relataron diversos episodios: En el encuentro con María, se mostró la situación de "demasiadas madres que han dejado salir a sus jóvenes hijas hacia Europa con la esperanza de ayudar a sus familias en la extrema pobreza, mientras que ellas han encontrado humillación, desprecio y a veces incluso la muerte"; en Jesús que cae por primera vez, la fragilidad y la debilidad humana son el punto de partida para recordar a los samaritanos de hoy que se inclinan "con amor y compasión sobre las muchas heridas físicas y morales de aquellos que cada noche viven el miedo a la oscuridad, la soledad y la indiferencia". 

"Desgraciadamente, muchas veces hoy ya no sabemos reconocer quién está necesitado, quién está herido y humillado. A menudo reivindicamos nuestros derechos e intereses, pero olvidamos los de los pobres y los últimos de la fila. Es entonces cuando debemos pedir a Dios que nos ayude a amar y a no ser insensibles a las lágrimas, al sufrimiento y al grito de dolor de los demás”, advirtió la religiosa. 

Menores, migrantes y víctimas de la trata unidos a Jesús 

Y cómo no ver en el viacrucis a los muchos niños, en diversas partes del mundo, que no pueden ir a la escuela, "explotados en minas, campos, en la pesca, vendidos y comprados por traficantes de carne humana, para trasplantes de órganos, así como utilizados y explotados... por muchos, incluso cristianos". 

Son menores "privados del derecho a una infancia feliz", criaturas utilizadas “como mercancías baratas, vendidas y compradas a voluntad". 

En el centro de las meditaciones de la Hermana Eugenia Bonetti, que lucha desde hace años contra el tráfico de seres humanos, hay migrantes y víctimas de la trata. De ahí, su llamado a "crecer en la conciencia de que todos somos responsables del problema" y de que todos podemos y debemos ser parte de la solución, tal como se lee en la octava estación, "Jesús se encuentra con las mujeres". 

Las mujeres "deben desafiar el coraje, saber ver y actuar, considerar a los pobres, a los extranjeros, a los diferentes, no como un enemigo que hay que rechazar o combatir, sino como un hermano o hermana que hay que acoger y ayudar". 

Las mujeres víctimas de la cultura del descarte 

En la novena estación, Jesús, que cae por tercera vez, "exhausto y humillado bajo el peso de la cruz". Una imagen que evoca también a la humillación y cansancio de "tantas jóvenes, forzadas a salir a la calle por grupos de traficantes de esclavos, jóvenes que no soportan el esfuerzo y la humillación de ver su joven cuerpo manipulado, abusado, destruido, junto con sus sueños". Son el fruto de la cultura del descarte. Es la incómoda pregunta de Dios: "¿Dónde está tu hermano? ¿Dónde está tu hermana?" - la cual debe "ayudar a compartir el sufrimiento y la humillación de tantas personas tratadas como residuos". 

Un mundo donde todo se compra 

La imagen del cuerpo despojado de Cristo, comparable a la de los menores, objeto de la compraventa, nos permite reflexionar sobre los ídolos de todos los tiempos: el dinero, la riqueza y el poder que han hecho que todo sea comprable. 

La "centralidad del ser humano, su dignidad, su belleza, su fuerza" ha desaparecido. Pero hay quienes todavía arriesgan su vida para salvar a otros, especialmente en el Mediterráneo, donde muchos han ayudado a "familias en busca de seguridad y oportunidades", a "seres humanos que huyen de la pobreza, de las dictaduras, de la corrupción, de la esclavitud", a todas las personas cuya belleza y riqueza deben ser redescubiertas, a "un don único e irrepetible de Dios para ponerlo al servicio de la sociedad en su conjunto y no para lograr intereses personales". 

Muerte y resurrección, enseñanzas de vida 

La última estación, que conduce al sepulcro de Jesús, nos hace pensar en los "nuevos cementerios de hoy": el desierto y los mares, donde hoy moran eternamente "hombres, mujeres, niños que no pudimos o no quisimos salvar". 

"Mientras los gobiernos discuten, encerrados en los palacios del poder - escribe la hermana Eugenia - el Sáhara está lleno de esqueletos de personas que no han resistido la fatiga, el hambre, la sed y el mar se ha convertido en una ‘tumba de agua’. Y entonces la esperanza es que la muerte de Cristo pueda "dar a los líderes de las naciones y a los responsables de la legislación una conciencia de su papel en la defensa de cada persona creada a imagen y semejanza de Dios, y que su resurrección sea un faro de esperanza, de alegría, de vida nueva, de fraternidad, de acogida y de comunión entre los pueblos, las religiones y las leyes". 

Al concluir el viacrucis y ante una multitud reunida en el Coliseo, el papa Francisco rezó: “Señor Jesús, ayúdanos a ver en tu cruz todas las cruces del mundo: la cruz de la gente que tiene hambre de pan y de amor, la cruz de los solitarios y abandonados, incluso por sus propios hijos y parientes, la cruz de personas sedientas de justicia y paz, la cruz de la gente que no tiene el consuelo de la fe”. 

El Santo Padre rogó también que podamos ver “la cruz de los ancianos que se arrastran bajo el peso de los años y la soledad, la cruz de los migrantes que encuentran sus puertas cerradas a causa del miedo y los corazones blindados por cálculos políticos, la cruz de los pequeños, heridos en su inocencia y pureza”. 

“La cruz de la humanidad que vaga en la oscuridad de la incertidumbre y en la oscuridad de la cultura de lo provisorio; la cruz de las familias rotas por la traición, por las seducciones del maligno o por la ligereza asesina y el egoísmo; la cruz de las personas consagradas que buscan incansablemente llevar tu luz al mundo y se sienten rechazadas, burladas y humilladas”, continuó. 

“La cruz de las personas consagradas que en el camino han olvidado su primer amor. La cruz de tus hijos que creyendo en ti y tratando de vivir según tu palabra se encuentran marginados y descartados, incluso por sus familias y por sus compañeros. La cruz de nuestras debilidades, de nuestras hipocresías, de nuestras traiciones, de nuestros pecados, y de nuestras muchas promesas rotas”, añadió. 

“La cruz de la Iglesia, que fiel a tu Evangelio, lucha por llevar tu amor entre los bautizados. La cruz de la Iglesia, tu esposa, que se siente continuamente atacada por dentro y por fuera. La cruz de nuestra casa común, que se marchita seriamente ante nuestros ojos egoístas y está cegada por la codicia y el poder”. 

“Señor Jesús, reaviva en nosotros la esperanza de la resurrección y de tu victoria definitiva contra todo mal y toda muerte. Amén”, concluyó. 

 

Fuente: AICA

 

 

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