Los insultos en los distintos ámbitos son cada vez más comunes.

Se puso el foco en el uso de las redes sociales, donde el no tener que dar la cara facilita las descargas emocionales violentas. ¿A qué refieren los insultos en el mundo?

Hoy se insulta como nunca, pero todo es más soez y el arte de insultar ha perdido creatividad. Un fugaz repaso por las redes sociales basta para comprobar que el insulto del siglo XXI ha encontrado en esos canales su mejor caldo de cultivo. Todo resulta en ese mundo más fácil al no tener que dar la cara.

Una sociedad con muchas prisas, con largas horas perdidas en atascos de tráfico, sin paciencia cuando toca esperar y con una competitividad nunca vista son otros campos con el abono propicio para que florezca el insulto. Sin olvidar el universo político, con líderes que hoy se esfuerzan más en desacreditar al rival que en ofrecer al ciudadano mensajes con propuestas.

Ninguno de esos mundos –ni el más alterado o aquel en el que más se falta al respeto– puede apropiarse, sin embargo, de la exclusividad del insulto. Esos adjetivos, palabras malsonantes o frases pensadas para dar donde más duele van con el ADN de la humanidad. “Al igual que cada época tiene sus propios tabúes, cada país o cultura también tiene los suyos por cuestiones históricas o sociológicas, lo que marca la particularidad del insulto”, afirma Sergio Parra, autor del libro Mecagüen! Palabrotas, insultos y blasfemias (Vox).

Cuando se habla de insultos es obligado, y así lo hace Parra, referirse a uno de los estudios más completos realizados sobre el tema. Se publicó en 2008 y ese informe es el resultado del trabajo de un equipo internacional de psicólogos que encuestó a casi tres mil habitantes de España, Alemania, Francia, Italia, Croacia, Polonia, Gran Bretaña, Estados Unidos, Noruega, Grecia y los Países Bajos.

Una de las conclusiones de este estudio, referida a los exabruptos más escuchados, sigue teniendo una década después la misma validez. “Hay insultos que son comunes en la mayoría de esos países, como idiota, gilipollas o cabrón”, indica este escritor. Lo que no resta singularidad dependiendo del territorio en el que se insulta. “En España, Grecia o Italia se hace mayor referencia a la falta de inteligencia de la otra persona; en Polonia, se ataca al adversario recordándoles su probable origen campesino, mientras que en Estados Unidos y Alemania abundan las alusiones al ano”, añade Sergio Parra. Y continuando ese viaje por el mundo del insulto, este experto en el adjetivo que más duele, recuerda que ese mismo estudio reflejó que en Croacia “se alude a los genitales masculinos, en Francia a los femeninos y en Países Bajos a ambos sexos. En Noruega, curiosamente, se opta más por emplear variaciones del término demonio”.

Aunque si la cosa va de particularidades, Sergio Parra, destaca el ejemplo de los ciudadanos australianos que hablan la lengua aborigen dyirbal. “Cualquier palabra, incluso la más normal, puede adquirir en esta cultura la categoría de tabú si es pronunciada delante de la suegra o determinados primos”. Como también es singular, tal y como recogen otros estudios, la afición en los países mediterráneos, con España a la cabeza, por los insultos que ponen en duda la virilidad. Como dicen algunos expertos en el tema, “eso no deja de ser un signo del machismo mediterráneo”. En ese ambiente se escuchan también muchos insultos que salpican a la familia del receptor, mientras que en los países del norte de Europa son más dados a mentar la falta de éxito social.

Esta creciente pobreza a la que parece estar sucumbiendo el arte de insultar fue lo que animó a Sergio Parra a escribir Mecagüen! Palabrotas, insultos y blasfemias. El autor entiende que “las palabras que resultan insultantes son como la poesía: suscitan fuertes emociones en los demás y son capaces de desencadenar reacciones hormonales incluso en las personas más templadas. Eso convierte a las palabras insultantes en palabras muy poderosas, como si fueran hechizos de Harry Potter”. Los insultos tienen tanta potencia –continúa Parra– que incluso se almacenan en una región diferente de nuestros cerebros, más conectada con la parte más primitiva del mismo. Por eso pueden darse casos como el del poeta Charles Baudelaire, que al sufrir un trastorno del lenguaje llamado afasia que le imposibilitaba hablar, sin embargo pudo continuar pronunciando una única expresión: una exclamación en forma de exabrupto que podría traducirse como “maldita sea” (Non, crénom)”.

Pero, ¿hay límites en el insulto, cuándo hay que recurrir a él y cuando es mejor callarse? “Los insultos son palabras que albergan tantas connotaciones y tanto poder emocional que pueden equipararse a las lágrimas”, afirma Parra. “Lo bueno de las lágrimas, así como de los insultos, pues, es que transmiten de forma muy directa y sincera lo que sentimos: en el caso de las lágrimas, por ejemplo, tristeza; en el caso de un insulto, una gran ira o frustración”, continúa. Así que un insulto puede servir como un elemento más de la comunicación. “Pero precisamente por ese mismo motivo –añade Sergio Parra– hay que evitarlo por motivos sociales y de convivencia, y también de eficiencia.

Si abusamos de los insultos, como de las lágrimas, nuestro interlocutor no podrá discriminar cuándo de verdad estamos dolidos o cuándo no. Si somos llorones, por ejemplo, acabaremos por dejar de inspirar compasión. Además, quizá instalemos la duda en el otro de que estamos exagerando o fingiendo. Por otro lado, al igual que no resulta decoroso llorar en determinados ámbitos, por ejemplo en el laboral, también es conveniente evitar el insulto en determinados ambientes”.

Este escritor ha comprobado en su investigación que los ambientes donde más se fiscalizan los insultos “son los que poseen códigos de convivencia más rígidos o claramente establecidos”. Y lo compara con la vestimenta. “Si el código indumentario para acudir a un funeral sugiere prendas oscuras o sobrias y nos presentamos disfrazados de payaso, nuestra transgresión nos pasará una factura mucho mayor”. Pero para insultar a veces no hay ni que usar una palabra mal sonante. Referirse a alguien, por ejemplo, como un genio (en principio algo positivo) puede tornarse en un insulto en toda regla dependiendo del momento o contexto en el que se use ese término.

Parra no cree, por muy encorsetadas que sean algunas sociedades modernas, que el insulto esté en peligro de extinción. “Eso sería tan difícil como que desaparezcan las lágrimas o la poesía. Los insultos constituyen un recurso lingüístico muy poderoso. Cambiará el contexto en el que podemos decirlo con mayor libertad, o incluso cambiará el tipo de insulto que emplearemos, pero siempre deberá existir un conjunto de palabras o expresiones que sirvan para hacer daño al otro, para favorecer una reacción por su parte o simplemente para expresar nuestras emociones a flor de piel”. Y añade: “Un mundo sin palabrotas sería un mundo menos sincero, más teatral, más hipócrita. Y parafraseando a Ambroce Bierce, la hipocresía más aceptable sólo es la cortesía”.

Parra lamenta que ahora haya una especie de policía del lenguaje que condena al ostracismo a cualquiera que diga lo que no debe. “Incluso se intenta censurar obras de ficción porque sugieren ideas o deslizan palabras que pueden ofender a afroamericanos, como (Huckelberry Finn), pero hay ejemplos que rozan el surrealismo, como el de la película de animación española Tadeo Jones 2, porque ofendió a los abogados de oficio, o la película de terror IT, porque ofendía a los payasos, como otros tantos ejemplos que he recopilado para el libro”. Y acaba: “¿Podemos imaginar un mundo donde se hayan expurgado todas las ficciones que ofendan a feos, viejos, pobres, narigudos, tartamudos, estrábicos, pecosos, ciegos, mudos, mancos, impotentes...”

Fuente: La Vanguardia.

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