jugando como local, el músico hizo valer cada centavo que valieron las entradas, con una entrega total

Como en casa. Slash volvió a ratificar su condición de guitar hero en GEBA. (Foto: Martín Bonetto)

El músico hizo valer cada centavo que valieron las entradas, con una entrega total, y apenas hubo una sola excursión al universo de Guns N' Roses.

La imagen icónica o, para ponerlo en palabras del Indio Solari, “la estampita”, y el corazón. Así como cada género narrativo tiene sus normas internas y tácitas que no pueden ser alteradas al momento de presentar una historia, esa misma lógica puede emplearse para las bandas de rock and roll: el frontman, o sea la figura primordial de una banda, y el guitarrista, duelo de un carisma de culto para los fans más acérrimos gracias a su estilo y su técnica. Ahí están el propio Solari y Skay en los Redonditos de Ricota, Mick Jagger y Keith Richards en los Rolling Stones, Steven Tyler y Joe Perry en Aerosmith y el caso que nos ocupa: Axl Rose y Slash en los Guns N’ Roses.

Entonces, pensar en el show de Slash junto a Myles Kennedy and The Conspirators como un recital donde el alma de la mítica banda californiana despunta sus ganas de tocar sus emblemáticas Gibson Les Paul junto a un seleccionado de hard rock de la Costa Oeste con la batalla ganada de antemano. Porque más allá de la leyenda de las pistolas y las rosas, el público que se dio cita en GEBA conocía de manera perfecta el material interpretado (las remeras de Slash superaban por mucho a las de Guns N’ Roses), y los paracaidistas que sólo buscaban hits de la banda que llevó al violero a la fama eran casi nulos. Bien por Slash al escapar de lo seguro, y bien por la gente y su cabeza lo suficientemente abierta y su predisposición por la escucha de algo que a priori es distinto, más allá de los puntos sonoros en común.

Dos horas y fracción de shows sin respiros: la duración casi reglamentaria que se le exige a un grupo así. Estrofa, estribillo, puente, solo de guitarra de Slash, que es lo que todos queremos ver. Referencias sonoras visibles a la legua (Aerosmith, Led Zeppelin y Black Crowes más una pizca de punk rock en las dos canciones entonadas por el bajista Todd Kerns promediando el concierto, Dr. Alibi y We’re All Gonna Die). Myles Kennedy, un cantante correcto pero no deslumbrante que llega con comodidad a las notas más altas y que luce como un Migue García con un físico un poco más trabajado y hard rockero.

Pedidos de palmas y de gritar “Argentina, Argentina”, “Motherfuckers” dichos por Kennedy por doquier y hasta un solo de batería. Por momentos lo que se veía desmentía al almanaque y transportaba a todos a esos años ochenta en donde el rock duro era amo y señor de los rankings y las radios. Esa suerte de nostalgia no parecía importarle ni a los músicos ni a la audiencia, que comenzaba a soportar las primeras gotas de una lluvia anunciada por el servicio meteorológico, que por una vez no erró con su pronóstico.

Y la lluvia dijo presente en el final de Wicked Stone, y tiñó de épica el asunto. Esta canción fue el clímax del concierto, con Kennedy tocando la guitarra y todo el grupo apoyando un solo de Slash de casi diez minutos de duración hacia el final del tema. En ese pasaje instrumental el violero revalida sus credenciales de héroe de las seis cuerdas y hace que el precio de la entrada valga cada centavo, ya que cuando parece que va a caer en el cliché de la gimnasia instrumental lo elude con emoción y sentimiento, con una garra que lo emparenta a sus ídolos y lo hace jugar en su misma primera división. El respeto con el que se siguió ese pasaje fue casi litúrgico, con pocos celulares que buscaban inmortalizarlo y más oídos atentos y memoria visual e intransferible, y la ovación estruendosa que se llevó al final fue más que merecida.

Claro que también hubo rock sureño (Back To Cali), funk metálico y humeante (Driving Rain), rock setentoso duro y pesado (My Antidote), hits secretos (World On Fire, Anastasia) y una sola parada en el Universo Guns, con la gran Night Train, coreada y festejada por toda la asistencia. Y un Slash que no cruzó palabra con la asistencia salvo para presentar a Kennedy hacia el final de la noche.

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