Parlamento Europeo

Las autoridades electorales preparan un centro de votación en Roma, donde este domingo se votará para elegir a los miembros del Parlamento Europeo. /EFE

Este domingo se conocerán los resultados. Se espera un avance de los soberanistas de ultraderecha, aunque no tocerían el brazo al tradicional dominio de los socialdemócratas.

Están todos de acuerdo en que las elecciones del Parlamento Europeo que culminan este domingo en los 28 países de la Unión son las más importantes y dramáticas de su historia de 70 años. Esta es la situación por el enfrentamiento entre los europeístas que han gobernado siempre las instituciones regionales y los nacionalistas, conservadores y ultraderechistas con talante autoritario, que defienden la preeminencia de los Estados nacionales sobre el sueño frustrado de una organización unitaria supranacional y hasta federal.

Un gobierno único y solidario embebido de principios democráticos y de justicia social para los europeos dominó los sueños de los fundadores de la Comunidad nacida en 1957 tras la hecatombe de la Segunda Guerra Mundial.

La notable expansión geográfica de la Unión que llegó hasta las fronteras con Rusia, tras la incorporación de la mayoría de los ex países satélites de Moscú en el Pacto de Varsovia, señaló el momento histórico y económico de más alto nivel. Hasta que chocó con la crisis mundial de 2008, originada en EE.UU, cuyos efectos aún continúan. Estos once años críticos han generado una desigualdad social creciente que fue el combustible del descontento social contra las élites de los sectores populares y el florecimiento de las variantes populistas y soberanisticas condimentadas con un fuerte nacionalismo.

Esta realidad fue impulsada por la hegemonía de hecho de Alemania, que impuso el modelo de la austeridad que agravó las desigualdades sociales. La llegada al poder de Donald Trump en EE.UU ha terminado de dibujar el perfil de la actual Europa, que ha perdido espacio para hacerse valer a nivel internacional en defensa de sus intereses. Trump y el ruso Vladimir Putin coinciden en destartalar a la Europa multilateral y en fomentar un caos sordo y debilitante de las instituciones.

La gran mayoría de las fuerzas soberanistas desarrollan una relación “non sancta” con la Rusia de Putin y muchos dirigentes cultivan estrechas relaciones orgánicas con el partido del presidente ruso. No desdeñan las financiaciones abundantes que llegan muchas veces a través de los oligarcas rusos telecomandados desde el Kremlin.

Trump, por su parte, quiere descalabrar las instituciones comunitarias para eliminar las fastidiosas alianzas: prefiere tratar con gran ventaja país por país. Y en Europa, poner bajo control a Alemania, para impedirle sus veleidades de gran potencia económica con un poder geopolítico notable para controlar el centro de Europa y mantener un trato directo con Rusia.

Los resultados de este domingo deben ser leídos a la luz de estas realidades. Es probable que los soberanistas no conseguirán doblegar al tradicional dominio basado en el eje Francia-Alemania que ha mantenido la hegemonía estratégica sobre la Unión Europea. Pero nace una realidad distinta. Las fuerzas tradicionales que mantienen el poder de control sobre las instituciones principales de la Unión (la Comisión Ejecutiva, el Consejo de Europa, la Banca Central Europea), necesitan aliarse establemente con los liberal democráticos, los verdes y otros partidos minoritarios para dejar afuera del comando a los peligrosos nacionalistas.

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