La Verdeamarelha le ganó al seleccionado Guaraní en los penales, por 4 a 3, luego de terminar empatados sin goles en los 90 reglamentarios.

Brasil hizo todo lo que pudo. Paraguay resistió todo lo que quiso, aun con un hombre menos en el tramo final. Y en los penales (4-3) celebró el gigante, que ahora puede citarse con la Argentina, el martes próximo, en una de las semifinales.

Se acabaron las diferencias sustanciales, al menos, en esta parte del mundo. El 5-0 de Brasil a Perú se ofrece como una excepción a la regla de una sintonía pareja, competitiva, casi igualitaria. Ya no hay gigantes o, al menos, no exhiben el poderío de otra época, ya no resultan arrolladores sólo con el nombre. "Hace algunos años los argentinos sacaban cuenta de cuántos goles nos iban a hacer, hoy la historia es de pronóstico reservado", describe César Farías, un hombre fuerte del fútbol de Venezuela. Es verdad: la Argentina está tres o cuatro goles por encima de Venezuela si se trata sólo del valor de la camiseta y de tener a Leo Messi, un fuera de serie, más allá de sus últimas huellas. Pero si se trata de la realidad, la situación cambia. Le ocurrió anoche a Brasil, tal vez el seleccionado más grande de la historia, frente a Paraguay, uno de los entusiastas de esta parte del mundo. Y no se trata de viajar al pasado, sino sólo de ver qué está sucediendo hoy, en la Copa América.

Brasil, enorme y local, había conseguido 7 puntos y marcado 8 goles -el más efectivo- en la primera rueda. Y Paraguay, que perdió la eficacia en los últimos tiempos, se benefició de tropiezos ajenos: aterrizó en los cuartos de final con un par de puntos, por dos empates. No ganó. El juego de opuestos se nutrió de eso: Brasil atacó tímido con tres delanteros de primer nivel -Firmino, de Liverpool; Gabriel Jesus, de Manchester City, y Everton, la revelación de Gremio- y Paraguay, dirigido por Eduardo Berizzo, fue una muestra viva del antiguo catenaccio: 4-4-1-1, pero sin delanteros.

Miguel Almirón, la antigua joya de Lanús, corrió de aquí para allá, como si se tratara de un maratonista del ataque solitario. Derlis González se citó con el talentoso apenas de vez en cuando, en una estructura defensiva y confiable en buena parte del espectáculo. Porque Brasil estuvo mareado. En realidad, el golpe de la salida de Neymar -en un palco del estadio de Gremio- provocó un temblor que nunca se esfumó, más allá de la sapiencia y la cordura de Tité, el entrenador.

Los minutos transcurrieron entre temores. La fortaleza defensiva sólo iba a ser derribada con un puñal de ideas frescas, un arsenal de sorpresas del que Brasil no dispone. El recuerdo de la Copa América Argentina 2011 volaba como un fantasma: en los cuartos de final, Paraguay se impuso por penales a Brasil por 2-0, luego de otro 0-0. Esa formación guaraní, también cautelosa, fue dirigida por otro argentino, Tata Martino. En 2015 ocurrió lo mismo: después del 1-1, Paraguay venció por 4 a 3.

El VAR apareció, suerte de vedette del torneo. Tobar cobró penal, por una infracción de Balbuena contra Firmino. Al rato, se apoyó en la tecnología: cambió por un tiro libre y por la expulsión del defensor, que en una primera instancia había sido amonestado. Fernández, el arquero, se convirtió en figura y Almirón... terminó de lateral por el sector izquierdo. Un tiro de Willian chocó con el palo en el desenlace de un partido desigual, en el que Brasil siempre estuvo a tiro de la victoria. Pero debió sufrir hasta los penales.

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