NACIONALES | televisión | Argentina | Eva Perón

La televisión argentina cumple 75 años desde su primera transmisión oficial

El 17 de octubre de 1951, la televisión argentina realizó su primera transmisión oficial con el discurso de Eva Perón en Plaza de Mayo, un hito que marcó una nueva era.

El 17 de octubre de 1951 no era un día más en la Argentina. No solo para los adeptos al movimiento peronista que a juzgar por el resultado de las elecciones de ese año eran más de un 60% de la población, sino porque fue el día en el que por primera vez en el país se encendió un televisor y apareció una imagen transmitida en vivo. Una imagen con movimiento y sonido. Después de algunos ensayos en receptores ubicados en comercios, poco menos de un mes antes, se estrenaba la primera función oficial. Lo que mostraba era, para muchos, más esperado que el nacimiento de un nuevo medio que iba a cambiar la manera de informarse y entretenerse: el último discurso de Eva Perón en un Día de la Lealtad. Su último 17 de octubre.

El 17 de octubre de 1951 era miércoles. Amaneció nublado y frío. La primavera como la actual, 75 años después, no parecía tener demasiada presencia en un país que se despertaba para disfrutar del feriado en medio de la semana. Desde 1946 y hasta 1954, el Día de la Lealtad Peronista, que ese año cumplía seis años, era un día de celebración. Y para los no peronistas, una jornada de descanso y de mascullar contra el oficialismo en su tiempo libre. Para los feligreses del justicialismo, los datos meteorológicos eran casi un accesorio: no importaban los ocho grados de mínima, la lluvia intensa que se desató al mediodía, ni el subidón abrupto de temperatura que llegó después. Al interior del movimiento todo era expectativa. Se sabía que, si su enfermedad se lo permitía, Evita, que había renunciado a su candidatura a la vicepresidencia, iba a volver a asomarse al balcón de la Rosada a hablarles a ellos, sus descamisados. Y desde las ocho de la mañana, empezaron a llenar la Plaza. El encuentro lo sabía la primera dama, lo sabían sus seguidores era todo suyo. Y tendría sabor a despedida.

El 17 de octubre de 1951, a las cinco de la tarde, con la plaza atestada de trabajadores y trabajadoras, después de 24 días de reposo absoluto, Eva Perón, notablemente debilitada por el cáncer que la consumía, con el cuerpo saturado de calmantes y el desacuerdo del equipo médico que la atendía, llegó al balcón. Después de los primeros discursos, Perón la condecoró con la Gran Medalla a la Lealtad Peronista en Grado Extraordinario. Era una suerte de reconocimiento a su renunciamiento histórico a la candidatura a la vicepresidencia de la Nación que había tenido como fundamento su enfermedad pero también grandes presiones alrededor de su marido y un homenaje a su trabajo social implacable y a su fidelidad al movimiento que la tenía como coprotagonista; aunque, para muchos, ella era la verdadera esencia del peronismo.

“Nunca podrá haberse resuelto un homenaje más justiciero, más hondo y más honorable que esta dedicación del 17 de octubre a Eva Perón. Ella no solo es la guía y la abanderada de nuestro movimiento sino que también es su alma y es su ejemplo”, vociferó el general ante el bramido y los aplausos de los asistentes.

Perón terminó su discurso, le otorgó la medalla y Eva se arrojó a sus brazos, la cara hundida en su pecho. Solo ellos sabían todo lo que cabía, todo lo que lloraba en ese abrazo. Uno que se convirtió en su imagen más profunda. Uno que sería símbolo.

Cuando se repuso, pronunció ante sus fieles el discurso más emotivo y potente de su vida. El que inauguraría, además, una nueva era en la Argentina: la de la televisión.

Mientras cientos de miles de peronistas quizás un millón, quizás más la escuchaban y escurrían lágrimas por la sombra de la muerte que flotaba junto a ella como un fantasma inclemente, en el segundo piso del Banco Nación, tres cámaras, manejadas por Enrique Telémaco Susini quien había sido pionero de la radiofonía argentina, Adolfo Agromayor y Gerardo Noizeaux (hay dudas sobre la asistencia técnica del cineasta Oscar Orzábal Quintana), y dirigidas por el empresario de los medios y director de Radio Belgrano, Jaime Yankelevich, transmitían el discurso en vivo a los pocos televisores que se habían traído al país. Concretaban así, a través de la frecuencia de LR3 Radio Belgrano TV (que pronto se convertiría en Canal 7, la TV Pública), la primera emisión oficial de la televisión argentina. Que quedó pegada al peronismo para siempre.

El 17 de octubre de 1951, después de algunos ensayos en receptores ubicados en comercios poco menos de un mes antes, se realizaba la primera transmisión oficial de TV en el país. Lo que mostraba era, para muchos, más esperado que el nacimiento de un nuevo medio: el regreso de Eva Perón después de estar en reposo por su enfermedad y el que sería su último discurso en un Día de la Lealtad

El peronismo y los medios: entre el flechazo y la estrategia

La elección del 17 de octubre para la primera transmisión televisiva oficial, fue política. De hecho, miremos el grado de esa decisión y el acierto de Perón en elegir ese día, que cada vez que recordamos un aniversario de la primera transmisión televisiva nos referimos al 17 de octubre y al peronismo. Es decir: logró atar ese hito técnico a su propio gobierno.

Federico Lindenboim es licenciado en Ciencias de la Comunicación, doctor en Ciencias Sociales y becario postdoctoral del CONICET. Desde que obtuvo su beca doctoral, en el 2013, investiga la relación entre el peronismo y los medios de comunicación masiva. Su tesis doctoral abordó “los vínculos que estableció el primer peronismo con el mundo de la radio, que era el principal medio de comunicación de la época”.

Me parecía que no se podía pensar la política del siglo XX, ni al siglo XXI, sin tener en cuenta a los medios de comunicación, sin pensar en las políticas o los lenguajes mediáticos que imperaban en un momento determinado. Y me resultó muy interesante investigar cómo se había vinculado un Gobierno que había apelado a las masas, a la movilización de las masas y al gusto popular, con ese medio de comunicación que, precisamente, era popular y masivo.

En esa investigación encontró que el acercamiento del líder del justicialismo a la radio había sido deliberado. Ese medio, rey de las noticias y el entretenimiento cotidiano, era entonces el compañero por antonomasia de las familias. Se encendía en las casas por la mañana y se transformaba en el sonido de fondo que acompañaba las actividades domésticas.

Y además, la radio, era la entrada de la esfera pública a la esfera privada. Otros medios de comunicación y entretenimiento, como el cine, implicaban un ritual: ir a determinado horario, vestirse para salir; mientras que la radio llegaba al interior del hogar continuamente y de forma gratuita (una vez que tenías el transistor). Era la llegada de la política al mundo privado, y eso marcaba un cambio trascendental en cómo se vinculaba la política con la vida cotidiana de las personas.

Quienes manejaron las cámaras en la primera transmisión fueron Enrique Telémaco Susini pionero de la radiofonía argentina, Adolfo Agromayor y Gerardo Noizeaux (hay dudas sobre la asistencia técnica del cineasta Oscar Orzábal Quintana). Las imágenes se enviaban mediante la señal de LR3 Radio Belgrano TV, que pronto se convertiría en Canal 7, la actual TV Pública

Perón lo sabía. Quizás por eso, uno de los principales hallazgos de Lindenboim fue advertir el empeño que puso el general en tejer redes y vínculos con el mundo de la radio. Ese que era masivo y popular, el que reinaba en las casas de sus votantes.

Además de ir a las distintas emisoras, se dejaba fotografiar por los periodistas del espectáculo de Radiolandia, Antena, Sintonía [N. de la R.: las revistas del espectáculo y de la radio más influyentes de la Argentina entre 1930 y 1950]. Había una búsqueda muy consciente por parte de Perón, y de otros militares en el Gobierno peronista, de acercarse al mundo del espectáculo. Y, viendo esa política, uno se da cuenta de que, por un lado, el encuentro entre Perón y Eva no fue casual, sino que tenía que ver con una intención de vincularse a ese ambiente (de hecho hubo varias parejas que se fueron formando entre gente del poder, militares y artistas), eso habla de circuitos de sociabilidad que hasta poco antes eran espacios muy separados. Y, por otro lado, lo que logró el peronismo a partir de eso fue reorganizar al mundo de las estrellas: el nivel de participación política que había de estrellas de la radio y del cine fue muy llamativo. Desde organizaciones sindicales hasta la participación en actos haciendo radioteatros, cantando para el 17 octubre. Artistas que comenzaron a tener una participación constante en la vida política y que hacían propaganda política. Eso habla de una cercanía a ese gusto popular, a la cultura masiva, desde los medios de comunicación.

Liderando la radio estaba el mismo hombre que con apoyo y por pedido de Perón, prendió el botón de on de la TV argentina: Jaime Yankelevich.

El investigador cuenta que “desde junio de 1947 hasta noviembre de 1948, el Gobierno peronista va a comprar, directamente con dinero del Estado o a través de una empresa de terceros que se llamaba Alea Sociedad Anónima, que estaba al mando de funcionarios peronistas, un montón de diarios y radios”. Para 1948 “todas las radios del país, a excepción de una emisora de San Juan, llegaron a ser propiedad del Gobierno”. La mayoría de esas compras se hicieron en secreto, sin ser informadas mediante el Boletín Oficial ni nada que se le pareciera.

Las únicas que se sabía que se habían comprado eran Radio El Mundo y la Red Azul y Blanca, en noviembre del ‘48, que Alea Sociedad Anónima compró el 40 y el 51% del paquete accionario, respectivamente. Eso sí se hizo más público, pero el resto de las radios se compraron en secreto. No había noticias en los diarios ni en ningún lado de ese cambio de dueño y tampoco el Estado informaba que se habían comprado esas emisoras. Incluso hubo algunos decretos para evitar que eso tuviera alcance público. Entonces, todas las emisoras de radio respondían al Gobierno. Y lo que hizo Perón fue poner a los viejos dueños como directores generales. Entonces, de esa manera, generó una idea de continuidad. Y lo que también hizo fue poner a Radio Belgrano Sociedad Anónima, es decir, a la empresa de Yankelevich, como administradora general de todas las radios. Es decir que Yankelvich termina no solo dirigiendo sus radios en calidad casi de empleado de gobierno, sino que dirige todas las radios del país. Ahí se entiende por qué esta confluencia entre Yankelevich y Perón para el desarrollo de la televisión en el ‘51. Es un caso extraño de hibridez entre un empresario privado de medios y un Estado que, a la vez, financia y direcciona esos medios.

La TV en los ‘50, un símbolo de estatus

Imaginado desde el presente, el momento de la primera transmisión televisiva en el país podría reconstruirse como el momento en el que el hombre llegó a la Luna: un acontecimiento esperado que mantenía en vilo a toda la ciudadanía, reunida frente a un aparato para presenciarlo. Pues no.

Y los motivos por los que, aunque hoy sea un hito, en esos días se desdibujó, son fáciles. En primer lugar, señala Lindenboim, el regreso de Evita después de estar recluida por su enfermedad puso todo el foco en ella, en cómo se encontraría y en qué diría en el balcón de la Casa Rosada. “Y eso opacó, obviamente, el hecho de que había transmisión televisiva”. En segundo lugar, una razón esencial: en 1951, en la Argentina, prácticamente no había televisores. Porque, hasta ese momento, tampoco había nada para ver.

Fue Jaime Yankelevich quien, ese mismo año, tuvo la tarea de comprar en Estados Unidos los equipos necesarios y costosos que se usarían para la primera transmisión. Eran de la marca Standard Electric y valieron unos veintiséis millones de dólares. Junto a ellos llegaron los primeros televisores. Pocos poquísimos, destinados a casas particulares; la mayoría, a los negocios de electrodomésticos que los encendían durante el horario laboral para que las personas, aglomeradas en las veredas, pudieran ver las transmisiones que, menos de un mes después de la primera, el 4 de noviembre, comenzarían a ser regulares aunque discontinuas. El 18 de noviembre de 1951, por ejemplo, se transmitió el primer partido de fútbol. Jugaban San Lorenzo - River Plate en el estadio Viejo Gasómetro. Ese encuentro marcó el nacimiento del deporte televisado en el país.

Uno de los obstáculos más difíciles que tuvo el desarrollo de la televisión, lo señala Mirtha Varela [docente e investigadora especializada en Historia de los Medios de Comunicación], que fue como una especie de herida narcisista para el peronismo, fue que tuvo que traer tecnología norteamericana, traer técnicos norteamericanos que pudieran enseñar a los argentinos cómo usar la televisión, y también tuvo que importar los televisores de Estados Unidos porque no se podían fabricar acá. Eso ponía un poco en cuestión, no solo la independencia económica, como se decía entonces, sino también el carácter popular de la televisión. Era algo que se volvía muy caro, había muy pocos televisores, que eran importados, y donde se pudo ver la televisión fue en las vidrieras. Durante varios años, la tele, los televisores, estaban enchufados en las vidrieras de los negocios de electrodomésticos y a veces ahí se veían partidos de fútbol, actos, eventos que se transmitían, pero la mayoría de las personas no veía esa televisión. Era un objeto que tenía que ver más con el estatus social que con la vida cotidiana.

Lindenboim cuenta que la investigadora marplatense Inés Pérez narra en su libro, El hogar tecnificado, “cómo en Mar del Plata empiezan a comprar televisores sin tener todavía una señal que llegara: se veía la lluvia, esa famosa vieja lluvia, pero había que tener un televisor como símbolo de estatus”.

La señal que se transmitía en los años ‘50 y así sería durante la siguiente década solo era para la Ciudad de Buenos Aires. Y lo que se veía, al comienzo, era un único canal con escasa programación.

Diría que era casi una radio con imágenes. No solo porque se trasladaban algunas personas de la radio directamente a trabajar en la tele, sino porque los formatos eran los de los programas de radio que conocían. La televisión va a tardar casi diez años en convertirse en un medio que forma parte de la vida cotidiana como la radio. Es decir, recién en los ‘60, cuando se abren las privatizaciones de los canales y empieza a estar Canal Trece, Canal Nueve, empieza a haber una competencia y, sobre todo, a partir de las productoras que son en realidad capitales norteamericanos que se asocian con los dueños de los canales argentinos, porque por ley no podía haber dueños extranjeros se empieza a desarrollar la televisión tal cual la conocemos. Mientras tanto, en los ‘50, siguió siendo un medio muy secundario que no lograba tener acceso a grandes públicos ni desarrollar una programación que tuviera un impacto en la vida cotidiana, sino que era, más bien, un producto tecnológico que generaba cierta posición social.

El discurso que pronunció Eva Perón el 17 de octubre de 1951, con el que se inauguraría la TV en Argentina, sería, para muchos, el más emotivo y potente de su vida

Entonces el 17 de octubre de 1951…

Aunque todavía faltara para que aquella caja negra, que ocuparía un buen espacio en los livings hogareños, ganara masividad y desarrollara un lenguaje propio, su comienzo, ese día nada azaroso, sí dio que hablar y despertó controversias y suspicacias en la política del país. Al interior como al exterior del peronismo había dudas sobre las posibilidades de su desarrollo en una tierra sin industria. Los opositores decían que todo se trataba de un capricho de Eva, que se le había antojado que se televisara el acto por el Día de la Lealtad. Y temían que la TV acrecentara el control que el Gobierno ya ejercía sobre los medios de comunicación.

Para el público general, la noticia era emocionante: significaba que Argentina se ponía a la vanguardia, a la altura de otros países más avanzados y, aunque no la tuvieran en casa, podían jactarse de que a su país había llegado la televisión.

Esa que el 17 de octubre de 1951 se encendió y permitió ver y oír, en vivo, a la abanderada de los humildes decir:

“Mis queridos descamisados: este es un día de muchas emociones para mí. (...) Yo les aseguro que nadie ni nada hubiese impedido que viniese, porque yo tengo con Perón y con ustedes, con los muchachos de la Confederación General del Trabajo, una deuda sagrada, y a mí no me importa si para saldarla tengo que dejar jirones de mi vida en el camino. (...) A Perón, que ha querido honrarme con la más alta distinción que pueda otorgarse a un peronista y por lo que acaba de decir esta tarde, que yo no terminaré, ni entregándole mi vida, de pagarle para agradecerle lo bueno que siempre fue y es conmigo. Nada de lo que tengo, nada de lo que soy, ni nada de lo que pienso es mío: es de Perón. Yo no le diré la mentira acostumbrada, no le diré que no la merezco. Sí, la merezco, mi general. La merezco por una sola cosa que vale más que todo el oro del mundo: la merezco porque todo lo hice por amor a este pueblo. Yo no valgo por lo que hice; yo no valgo por lo que he renunciado; yo no valgo por lo que soy ni lo que tengo. Yo tengo una sola cosa que vale, la tengo en mi corazón, me quema en el alma, me duele en mi carne y arde en mis nervios: es el amor por este pueblo y por Perón. Y le doy las gracias a usted, mi general, por haberme enseñado a conocerlo y a quererlo. Si este pueblo me pidiese la vida, se la daría cantando, porque la felicidad de un solo descamisado vale más que mi vida”.

Mientras la primera dama hablaba emocionada, y la Plaza rugía y se deshacía en aplausos en cada pausa, algunos se asomaban a un comercio y asistían, a la misma vez, a los dos acontecimientos que marcarían aquel día, a través de una vidriera.

FUENTE: infobae

Dejá tu comentario